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De la soberanía al amor. Cambio de paradigma en teología – Por Alfonso Ropero

Por Alfonso Ropero Berzosa*

De unos años a esta parte una inquietud agita a pastores e iglesias de toda Latinoamérica; me refiero a la creciente aceptación por parte de miembros y líderes de distintas denominaciones de un calvinismo más o menos acorde a los clásicos cinco puntos.

Es una situación sorprendente, toda vez que el calvinismo venía estando muy relegado a determinadas iglesias reformadas muy focalizadas y cerradas en sí mismas. Hoy ha saltado al mundo pentecostal, constitutivamente arminiano, y no deja de crecer. Muchos pastores están preocupados y lo ven como una amenaza. No tanto por lo que tiene de afirmación doctrinal, como por los efectos que produce en la actitud de aquellos que lo adoptan, dando lugar comportamientos cercanos a la arrogancia y al espíritu de superioridad.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

No hay que culpar al calvinismo que, lenta pero incansablemente, ha ido creando y produciendo redes de doctrina y pensamiento calvinista, sino a la mayoría de los pastores, de unas y otras denominaciones, que hicieron dejación de su ministerio de enseñanza. Centrados en el crecimiento de la iglesia y pensando que los jóvenes no tienen interés sino en la música y otras formas de “disfrutar” de los cultos, poco a poco fueron dejando a un lado la instrucción seria, rigurosa y profunda en los aspectos doctrinales e intelectuales del cristianismo, olvidando que la fe siempre busca entender. Quizá este no es el caso de la mayoría, pero sí de una notable minoría que aspirar a conocer mejor su fe, el fundamento de la misma y las posibilidades intelectuales que tiene, tanto en el campo de la iglesia como de la sociedad, la economía y la cultura.

Un mensaje light y fuertes dosis de emocionalismo no pueden forjar creyentes convencidos, sino todo lo contrario. No hay clamor, por más fuerte que sea, que pueda silenciar la necesidad de reflexión[1]. Abundan los cristianos cada vez más desalentados, angustiados de pensar que el cristianismo no tiene algo más que ofrecerles. Es entonces cuando su encuentro con el calvinismo, más que un choque, representa una liberación, la apertura de una corriente de aire fresco. Hay vida más allá de las cuatro o cinco verdades repetidas hasta la saciedad.

El calvinismo es un movimiento de “segunda generación”, rescató al protestantismo de “primera generación”, una vez pasado el impulso de la primeras afirmaciones de fe y negaciones del error combatido. El calvinismo aportó músculo, vertebración teológica, pensamiento lógico, fortaleza personal arraigada en fuertes convicciones doctrinales. Es un dato histórico que el calvinismo tuvo una fuerza expansiva superior al luteranismo, casi reducido a Alemania y Escandinavia, y que su influencia resultó decisiva para los destinos cristianos de Europa. Así el calvinismo de hoy supone para muchos creyentes de “segunda generación” el descubrimiento de un mundo nuevo para su fe, tentada por el desaliento. Aporta riqueza a su manera de entender la fe y expande su modo de pensar en cristiano.

El auge del calvinismo coincide con el renacimiento del pensamiento conservador en todos los órdenes de la vida. Cansados, desorientados, perdidos en el “pensamiento débil” donde no es posible afirmar nada como verdadero, real, auténtico; donde lo que cuenta no es el saber, pues no hay nada que saber con certeza, sino el sentirse bien, el pasarlo bien, el calvinismo afirma un “pensamiento fuerte”, basado en un teocentrismo decidido.

Precisamente, el evidente cansancio de las democracias liberales, con su correlato de desigualdades económicas muy pronunciadas, de grandes fraudes y de corrupción a alto nivel, lleva a muchos a la añoranza de un “hombre fuerte”, una “mano de hierro” que ponga freno a tantos desmanes.

La apelación al Dios de la gracia y Señor Soberano, que hace todo según el designio de su voluntad, aporta algo de orden y equilibrio en un mundo que se percibe caótico, desordenado, corrupto. La soberanía del Soberano garantiza con su poder incontestable el curso irresistible de una historia que tiene por fin la salvación de los elegidos y por meta la gloria de Dios. Todo ello bien adobado con un buen número de figuras y citas bíblicas, cuyo argumento es llevado hasta el final de sus deducciones lógicas. A esto hay que sumarle una larga nómina de ilustres pensadores y teólogos de renombre, con amplio predicamento en la mayoría de las denominaciones evangélicas.

Es de celebrar que este avance del calvinismo más doctrinal vaya ganando terreno, pues eso indica que hay más inquietud teológica entre los miembros de las iglesias de lo que se pensaba.

Pero es un poco triste pensar que este interés doctrinal y bíblico por penetrar con mayor entendimiento en la revelación divina derive hacia una única y exclusiva manera de ver el cristianismo, una forma peculiar de hacer teología, que no es precisamente la mejor expresión de la verdad evangélica, sino la expresión de un determinado período teológico en un peculiar contexto histórico, social y político.

En principio el calvinismo parte de la Biblia, pero lo hace desde un planteamiento o presupuesto muy determinado, a saber, la soberanía de Dios, entendida conforme a coordenadas culturales de la época. Así la soberanía de Dios se impone al esquema bíblico de la historia de salvación aunque para ello lo teólogos calvinistas tengan que forzar los textos bíblicos para decir lo contrario de lo que dicen. Por ejemplo, el texto clásico Juan 3:16, no dice lo que realmente dice, que Dios amó al mundo, a la manera explícita de 1 Timoteo 2:3-6: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad, sino que Dios limita su amor al “mundo de los elegidos”; que “mundo” en Juan 3:16 no se refiere a todo el mundo en general, sino solo al mundo de los elegidos (cf. 1 Juan 2:2).

En sana lógica soberanista, si Dios quisiera de verdad que todos los hombres se salvaran, inevitablemente se salvarían, de lo contrario estaríamos negando el poder Dios para hacerlo, atribuyendo impotencia su voluntad.

Ahora bien, nosotros, en cuanto cristianos, tenemos que partir de la enseñanza de Cristo, y es una dato innegable de la revelación, que Jesús definió la naturaleza de Dios como amor (1 Juan 4:8). Amor gratuito y asimétrico, al decir del teólogo Jesús Martínez Gordo, pues es amor que responde a nuestra violencia e injusticia con la asimetría de su paciencia y su gracia[2].

Si partimos de una premisa incorrecta, deduciremos y llegaremos a conclusiones incorrectas. Es lo que ocurre cuando hacemos que la soberanía oriente nuestra comprensión e interpretación de la historia de la salvación.

Que Dios es soberano es una verdad evidente cuando se piensa en la palabra Dios como lo más excelso, poderoso y fundante que se pueda pensar, pero deja de serlo cuando comenzamos a pensar en términos cristianos, tal como se da en el misterio de Cristo. En Él, Dios mismo se anonada para ir al encuentro de su creatura. La Encarnación es uno de los supremos misterios del cristianismo. El Dios que se hace carne hasta el punto de morir por el pecador. Escándalo para judíos, locura para griegos.

¡Cómo se puede concebir que el Dios supremo, Jehová, o Zeus, se desoje de su gloria y se deje humillar! ¡El Dios de los ejércitos crucificado por una chusma enardecida! Bueno, pues así es el Dios de los cristianos.

La teología cristiana argumenta que este comportamiento divino corresponde a la naturaleza divina, la cual obedece a una dinámica que es esencialmente amor; no que el amor sea uno de sus atributos entre otros, sino que es el que los engloba a todos y define su ser divino, en contraste a los atributos que se le aplican por analogía humana, proyectados hasta el infinito.

Desde el amor divino que se manifiesta excelsamente en la entrega podemos comprender que la Encarnación guarda relación con la Creación, resultado exultante del Dios que es comunidad trinitaria de Amor. Al crear el mundo Dios manifiesta su poder, pero no como poder de un soberano que crea algo como un medio para su gloria y beneficio (que por otra parte, no necesita), sino como un amor que se comunica en gracia, creando frente a sí unos seres con finalidad propia, capaces de comunión con su Creador, pero también capaces de llevarle la contraria.

Libres con una libertad donada desde el principio por el mismo que es Libertad y pone libertad en su creación. Sí, la creación se puede rebelar contra su creador, no por una fuerza consustancial en sí misma, sino por una autolimitación de Dios que al crear se propone poner en existencia una existencia libre con una libertad garantizada por el mismo Dios. Es lo que los teólogos llaman la primera kénosis de Dios. La segunda la conocemos bien, es la de kénosis Dios en Cristo, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Flp. 2:6-11).

Pues bien, teólogos bíblicos y teólogos científicos, coinciden hoy en señalar que la Creación es la primera kénosis de Dios que se realiza en función de la segunda, la Encarnación, que conduce a la cruz y resulta en nuestra salvación[3].

Es a partir de aquí que debemos desarrollar una teología de la soberanía de Dios que no obedezca a parámetros culturales calcados de los soberanos de las monarquías de antaño, sino a una soberanía del que ha decidido gobernar su creación desde el amor, amor cuya mayor gloria es el hombre creado a su imagen y semejanza, lo cual explica que una vez que este traspasó los límites impuestos, precisamente porque era libre, no fue abandonado a su propia suerte, que de todos es conocida su mala suerte, sino que desde el mismo principio de la creación se encuentra el Dios que sale en busca de su criatura. Esto no explica todo lo que quisiéramos saber sobre existencia del mal en la creación, pero esclarece el modo de actuar de Dios a lo largo de la historia de la salvación, y nos obliga, en cuanto cristianos, a desarrollar una teología que tenga en cuenta la naturaleza de Dios, según hemos aprendido de Cristo, de modo que seamos capaces de desplegar ante los ojos de los dentro y de los de fuera la superior sabiduría del amor divino, que no busca el bien propio, sino el ajeno. El de una creación rebelde y desbocada, cuyo freno no puede ser otro que la gracia de Dios que atrae con lazos de amor.

Sólo una teología así nos puede hacer más humildes, más entendidos del mensaje de Cristo, más respetuosos con los datos bíblicos y con las opiniones de la demás hermanos, más creativos en nuestra misión y discipulado.

*Ensayista, filósofo y teólogo protestante español.

___

Notas

[1] “Las iglesias «exitosas» crecen llenando a los fieles con músicas y palabras inspiradoras que levantan el ánimo. Son muy populares los coros de alabanza y, más numerosos son, mejor, lo mismo cuanto más dramático es el solista. Las escrituras deben ser pocas y cortas, y el mensaje debe ser casi gritado por el predicador… Para atraer nuestra atención las iglesias compiten con el mismo bombardeo tenaz de los medios de comunicación, utilizando acción, sonido grabado, carcajadas grabadas, análisis instantáneo, personalidades, todo en forma exagerada” (Chris Glaser, Meditando con Henri Nouwen, p. 92. Editorial Epifanía, Buenos Aires 2004)

[2] J. Martínez Gordo, Dios, amor asimétrico. Desclée de Brouwer, Bilbao 1993

[3] John Polkinghorne, ed., La obra del amor. La creación como kénosis (Verbo Divino, Estella 2008); Hans Urs von Balthasar, “La ‘kénosis’ y la nueva imagen de Dios”, en Mysterium Paschale (Cristiandad, Madrid 1969); Jürgen Moltmann, El Dios crucificado (Sígueme, Salamanca 1973); Id., Dios en la creación (Sígueme, Salamanca 1985); Ángel Cordovilla Pérez, Gramática de la encarnación: La creación en Cristo en la teología de K. Rahner y Hans Urs von Balthasar (Univ. Pont. Comillas, Salamanca 2004).

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