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El cielo no es nuestro hogar – N. T. Wright

(Artículo en ingles con derechos de autor por Christianity Today, 2008
Traducido por Pamela J. Hanson, 11 de marzo, 2009
Revisado por Luis A. Jovel, 13 de Agosto, 2009, 21 de Mayo 2014.
Reproducido y traducido con el permiso del autor.)

La resurrección corporal son las buenas nuevas del evangelio – y así nuestro mandato social y político.
N.T. Wright
No hay acuerdo en la iglesia de hoy sobre qué sucede a la gente cuando muere. Pero todo el Nuevo Testamento es cristalino en el asunto: En un pasaje clásico, Pablo habla de la “redención de nuestros cuerpos” (Rom. 8:23). No cabe duda en cuanto a lo que él quiere decir: Se le promete a al pueblo de Dios un nuevo tipo de existencia corporal, el cumplimiento y la redención de nuestra vida actual corporal. El resto de las Escrituras primitivas cristianas, donde abordan el tema, están totalmente en armonía con esto.
El retrato tradicional, que muestra que la gente va al cielo o al infierno como un viaje de una sola etapa al morir, representa una distorsión y disminución seria de la esperanza cristiana. La resurrección corporal no es solo una porción aleatoria de esa esperanza. Es el elemento que da forma y significado al resto de la historia de los propósitos fundamentales de Dios. Si la echamos a los márgenes, como muchos han hecho implícitamente, o aun, la dejamos completamente afuera, como algunos han hecho de manera absolutamente explícita, no perdemos sólo una característica adicional, como la compra de un coche de espejos accionados eléctricamente. Perdemos el motor central, que lo conduce y da a cada otro componente su razón para trabajar.

Cuando hablamos con la precisión bíblica sobre la resurrección, descubrimos una base excelente para un trabajo cristiano vivo y creativo en el mundo actual — no, como algunos suponen, para una piedad del escape o de la pasividad.

Resurrección corporal
Mientras que el paganismo grecorromano y el judaísmo del segundo templo llevaban una gran variedad de creencias sobre la vida más allá de la muerte, los primeros cristianos, comenzando con Pablo, eran notablemente unánimes en el asunto.
Cuando Pablo habla en Filipenses capítulo 3 de ser ” ciudadanos del cielo,” él no quiere decir que nos retiraremos allí cuando hemos acabado nuestro trabajo aquí. Él dice en la línea siguiente que Jesús vendrá del cielo para transformar el actual cuerpo humilde en un cuerpo glorioso como el suyo. Jesús hará esto por el poder con el cual él hace todas las cosas sujetarse a él. Esta pequeña declaración contiene en pocas palabras más o menos todo el pensamiento de Pablo sobre el tema. El Jesús levantado es tanto el modelo para el cuerpo futuro del cristiano, como el medio por el cuales viene.
Semejantemente, en el capítulo 3, vv 1-4 de Colosenses, Pablo dice que cuando el Mesías (él “que es su vida”) aparezca, después ustedes aparecerán también con él en gloria. Pablo no dice “un día ustedes irán a estar con él.” No, ustedes poseen ya vida en él. Esta nueva vida, que el cristiano posee secretamente, invisible al mundo, irrumpirá en visibilidad y realidad corporal completa.
El pasaje más claro y fuerte es el capítulo 8, vv 9 – 11 de Romanos. Si el espíritu de Dios, el espíritu de Jesús el Mesías, mora en ustedes, dice Pablo, entonces él que levantó al Mesías de los muertos dará vida a sus cuerpos mortales también, a través de su Espíritu que mora en ustedes. Dios dará vida, no a un espíritu no corporal, no a lo que mucha gente ha pensado ser un cuerpo espiritual en el sentido de no físico, sino “a sus cuerpos mortales también.”
Otros escritores del Nuevo Testamento apoyan este punto de vista. La primera carta de Juan declara que cuando aparezca Jesús, seremos como él, porque lo veremos como es. El cuerpo de resurrección de Jesús, que ahora nos es casi inimaginable en su gloria y poder, será el modelo para los nuestros. Y por supuesto dentro del evangelio de Juan, a pesar de la perplejidad de los que quieran leer el libro en una manera bien diferente, tenemos algunas de las declaraciones más claras de la resurrección corporal futura. Jesús reafirma la extensa expectativa Judía de la resurrección en el último día, y anuncia que la hora para esto ya ha llegado. Es absolutamente explícita: ” La hora está viniendo,” dice, “de hecho, está ya aquí, cuando los muertos oirán la voz del Hijo del Hombre, y los que oigan vivirán; cuando saldrán todos en los sepulcros, los que han hecho bueno, a la resurrección de la vida, y los que han hecho mal, a la resurrección de juicio.”
Vida después de la vida después de la muerte
Aquí debemos discutir que quiere decir Jesús cuando él declara que hay ” muchas moradas” en la casa de su Padre. Esto se ha tomado regularmente, especialmente cuando está utilizado en el contexto de la muerte de un familiar, para significar que los muertos (o por lo menos los cristianos muertos) irán simplemente al cielo permanentemente en vez de ser levantados posteriormente otra vez a la nueva vida corporal. Pero la palabra para una morada aquí, la palabra ´monai,´ se utiliza regularmente en el griego clásico no para un lugar de descanso final, sino para un alto temporal en un viaje que le lleve a uno ultimadamente en otro lugar.
Esto cabe de cerca con las palabras de Jesús al bandido moribundo en el evangelio de San Lucas: “Hoy estarás conmigo en paraíso.” A pesar de una larga tradición de leerlo mal, ´el paraíso aquí significa no una destinación final, sino el jardín dichoso, el parque del descanso y la tranquilidad, donde se restauran los muertos mientras que esperan el amanecer del nuevo día. La cuestión principal de la oración yace en el contraste evidente entre la petición del bandido y la contestación de Jesús: ” “Recuérdame,” él dice, “cuando vengas en tu reino,” con la implicación que esto será en un futuro muy distante. La respuesta de Jesús trae esta esperanza futura al presente, implicando por supuesto que con su muerte el reino está viniendo de hecho, aunque no parece como nadie lo había imaginado: “Hoy estarás conmigo en paraíso.” Por supuesto, habrá todavía un cumplimiento futuro que implica la resurrección final; el entendimiento teológico global de Lucas no deja ninguna duda en ello. Jesús, después de todo, no se levantó de nuevo “hoy”, es decir, en el Viernes Santo. Lucas debió haberlo entendido para referir al estar-en-paraíso. Con Jesús, la esperanza futura se había adelantado en el presente. Para los que mueran en la fe, antes de ese despertar final, la promesa central es de estar “con Jesús” inmediatamente. “Mi deseo es partir,” escribió Pablo, “y estar con Cristo, que es muchísimo mejor.”
La resurrección en sí misma entonces aparece como lo que siempre significaba la palabra en el mundo antiguo. No era una manera de hablar de vida después de la muerte. Era una manera de hablar de una nueva vida corporal después de cualquier estado de la existencia en la cual uno pudo entrar inmediatamente al morir. Era, es decir, vida después de la-vida-después-de-la-muerte.
¿Qué, pues, sobre los pasajes tales como 1 Pedro 1, que habla de una salvación que es ” reservada en el cielo para ustedes,” de modo que en su presente creer estén recibiendo ” la salvación de sus almas”? Aquí, sugiero, la suposición automática del Cristianismo Occidental nos lleva gravemente extraviados. La mayoría de los cristianos hoy, leyendo un pasaje así, asumen que significa que el cielo es adonde uno va a recibir esta salvación – o aun que la salvación consiste en ” el ir al cielo cuando uno muere.” La manera en que entendemos ahora ese lenguaje en el mundo Occidental es totalmente diferente de lo qué Jesús y sus oyentes decían y entendían.
En primer lugar, la verdad es que ´el cielo´ es una manera reverente de hablar sobre Dios, de modo que “las riquezas en el cielo” significa simplemente “las riquezas en presencia de Dios.” Pero entonces, por derivación de este significado primario, el cielo es el lugar donde los propósitos de Dios para el futuro se almacenan. No es donde son destinadas a permanecer de modo que uno necesitara ir al cielo a gozar de ellos. Es donde se mantienen seguros para el día en que se convertirán en una realidad en la tierra. La herencia futura de Dios, el nuevo mundo incorruptible, y los nuevos cuerpos que son para habitar ese mundo, son ya guardados seguramente, esperándonos, para que nazcan en los nuevos cielos y la nueva tierra.
De la adoración a la misión
La misión de la iglesia no es nada más o menos que la elaboración, en el poder del Espíritu, de la resurrección corporal de Jesús. Es la anticipación del tiempo cuando Dios llenará la tierra de su gloria, transformará los viejos cielos y la tierra en nuevos, y levantará a sus hijos de los muertos para poblar y reinar sobre el mundo redimido que ha hecho.
Si es así, la misión debe urgentemente recuperarse de su esquizofrenia de larga duración. La fractura entre salvar a las almas y hacer buenos obras en el mundo no es un producto de la biblia o del evangelio, sino del cautiverio cultural de ambos. El mundo del espacio, del tiempo, y de la materia es donde vive la gente verdadera, donde se forman las comunidades verdaderas, donde se toman las decisiones difíciles, donde las escuelas y los hospitales testifican al “ahora, ya” del evangelio, mientras la policía y las prisiones testifican al “todavía no.” El mundo del espacio, del tiempo, y de la materia es donde se constituyen y funcionan los parlamentos, los ayuntamientos, los patronatos, y todo en medio, en beneficio de la comunidad más amplía, la comunidad donde la anarquía significa que los matones (económicos y sociales tanto como físicos) ganarán siempre, donde el débil y el vulnerable necesitarán siempre la protección, y donde las estructuras sociales y políticas de la sociedad son parte del diseño del Creador.
Y la iglesia que es renovada por el mensaje de la resurrección de Jesús debe ser la iglesia que va a trabajar precisamente en ese espacio, tiempo, y materia. La iglesia nombra a este mundo en avance el lugar del reino de Dios, del señorío de Jesús, y del poder del Espíritu. Los consejos y los parlamentos pueden actuar sabiamente, y a menudo aun lo hacen, aunque necesitarán siempre escrutinio y responsabilidad, porque alternadamente pueden llegar a ser agentes de la tiranización y de la corrupción.
Así la iglesia que tome el espacio sagrado seriamente (no como retiro del mundo sino como una cabeza de puente en él) irá directamente de adorar en el santuario a la discusión en el ayuntamiento; a la planificación urbana con belleza armonizadora y humanizadora en la arquitectura, los espacios verdes, y los proyectos del tráfico; y al trabajo ambiental, métodos de cultivo creativos y sanos, y uso apropiado de recursos. Si es verdad, como he dicho, que el mundo entero ahora es la Tierra Santa de Dios, no debemos descansar mientras se estropee y se desfigure esa tierra. Todo esto no es un suplemento a la misión de la iglesia. Es central.
La iglesia que toma seriamente el hecho de que Jesús es Señor de todo y todos no celebrará solamente cada vez que escribe la fecha en una carta o un documento, no dedicará solamente los domingos como una celebración, tanto como sea posible, de la nueva creación de Dios, no intentará ordenar solamente su propia vida en un ritmo apropiado de la adoración y del trabajo. Tal iglesia también intentará traer la sabiduría a los ritmos del trabajo en oficinas y tiendas, en el gobierno local, en días de fiesta cívicos, y en la formación del ámbito público. Estas cosas no se pueden tomar por concedido. Los cambios enormes durante el curso de mi vida, de la ciudad entera observando Viernes Santo y Pascua, a que esos grandes días son simplemente más ocasiones para los partidos de fútbol y aun mas reestrenos televisados de viejas películas, son índices de lo que sucede cuando una sociedad pierde sus raíces y deriva con las corrientes sociales prevalecientes. El reclamar del tiempo como el buen regalo de Dios (en comparación con el tiempo como simplemente materia a gastar para la ventaja de uno mismo, que significa a menudo formas frescas de esclavitud para los demás) no es un suplemento a la misión de la iglesia. Es central.
Lo que es santo 
Una de las cosas que más me regocija de ser obispo es ver a los cristianos comunes y corrientes (no hay cristianos comunes y corrientes,´ pero ustedes saben lo que quiero decir) ir directamente de adorar a Jesús en la iglesia a hacer una diferencia radical en las vidas materiales de la gente en su vecindario, formando grupos para los hijos de madres solteras; organizando asociaciones de ahorros para ayudar a la gente de escasos recursos a llegar a la solvencia responsable; haciendo campaña contra las carreteras peligrosas, para mejores viviendas, para los centros de rehabilitación de la droga, por leyes sabias referentes al alcohol, para bibliotecas e instalaciones de deportes decentes, para mil otras cosas en las cuales el reino soberano de Dios extiende a la realidad dura y concreta. De nuevo, todo esto no es un suplemento a la misión de la iglesia, es central.
Esta manera de abordar las tareas de la iglesia en términos de espacio, tiempo, y materia lleva directamente al evangelismo. Cuando la iglesia se ve moviéndose directamente desde la adoración de Dios a afectar cambios muy necesarios en el mundo; cuando se pone de manifiesto que la gente que banquetea en la mesa de Jesús es la que está en la vanguardia del trabajo para eliminar hambre y hambruna; cuando la gente realiza que los que rueguen para que el Espíritu trabaje en y a través de ellos, son las personas que parecen tener recursos adicionales del amor y de la paciencia en cuidar a los cuyas vidas están dañadas, contusionadas y avergonzadas – entonces es natural que la gente se dé cuenta que algo pasa de lo cual quieren ser parte.
Ningún individuo puede intentar más que una fracción de esta misión. Por eso, la misión es el trabajo de toda la iglesia, todo el tiempo. El consejo de Pablo a los filipenses – aunque él y ellos sabían que ellos sufrían por su fe y podían ser tentados a retirarse del mundo en una mentalidad dualística y sectaria – era optimista. “Éstas son las cosas |que ustedes deben pensar,” escribió: “o que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza.” Y en el pensar en estas cosas, descubriremos cada vez más del mismo Dios Creador que conocemos a través de Jesucristo, y estaremos mejor equipados para trabajar eficazmente, no en contra del mundo, sino con la índole de toda buena voluntad, de todo lo que procure traer y realzar la vida.
N.T. Wright es el Obispo de Durham en la Iglesia de Inglaterra
Este artículo es excerpta de su libro más reciente, Sorprendido por la Esperanza: Replanteándose del Cielo, de la Resurrección, y de la Misión de la Iglesia.

Lección 7. El Canon de la Escritura

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