Serie Ministerial 4- Esperanza en tiempo de crisis

Cuando los pastores y las iglesias necesitan una restauración.

No parece tan complicado. Se está ahogando, agita los brazos. Tirémosle una cuerda. Si se agarra de la cuerda, lo sacamos. Simple; rescate asegurado. Pero en la vida real muy rara vez ocurre de esta manera. Surgen complicaciones. Muchísimas complicaciones.

 

Las complicaciones se incrementan más aún si la persona que agita los brazos en las aguas de la crisis del fracaso es nuestro pastor. ¿Cómo llegó hasta allí? ¿Cómo le pudo ocurrir a él? No se supone que deban pasar estas cosas. ¿No debería el pastor ser un modelo a seguir? ¿No demanda un nivel más alto el oficio de pastor? ¿No debería de estar más allá de este tipo de problemas? Estas y otras miles de preguntas que expresan lamento surgen cuando el fracaso de un pastor trasciende lo privado. La lista de emociones que generan estas preguntas es extensa: desilusión, traición, desesperanza, ira, incredulidad.

 

Seguramente las congregaciones sientan que se ahogan en un mar de emociones dolorosas. ¿Cómo consiguen ayudar al otro si los dos se están ahogando? Muchas veces hemos visto cómo se hunden innecesariamente tanto personas con dones como iglesias, cuya contribución a la extensión del reino de Dios pudo haber sido significativa.

 

Mal innecesario

Este tipo de ahogos no son necesarios. ¡Existen otras posibilidades! Ambicionamos tres logros a partir de esta serie de artículos. En primer lugar, exploraremos algunos de los factores que llevan a los pastores a exponerse a una crisis de fracaso, y también a las congregaciones que exponen a una crisis a su propio pastor. Con esta investigación conseguiremos identificar las maneras de disminuir esos factores de riesgo. En segundo lugar, elaboraremos una oferta de esperanza a los pastores y a las congregaciones que ya experimentan este tipo de crisis. Y por último, apuntaremos, con brevedad, hacia un futuro con mayor esperanza y gracia para los pastores y las congregaciones.

 

Comencemos con la siguiente pregunta: ¿Cómo se desarrollan las crisis pastorales y los traumas en una congregación? Es importante reconocer que la vida de cualquier individuo, familia o comunidad en la iglesia, de manera constante, se debate entre la vergüenza y el temor, entre la gracia y el amor. Cuanto más arraigadas estén nuestras vidas (como individuos, pastores, familias o congregaciones) al temor y a la vergüenza, mayor será el riesgo de que entremos en crisis. Y cuanto más se arraigue nuestra vida al amor y a la gracia de Dios, que nunca nos falla, aún mucho más crecerá la probabilidad de que nuestros problemas y fracasos sanen antes de convertirse en una crisis.

 

En este primer artículo, presentaremos «el paradigma del pedestal» y exploraremos la primera de cuatro maneras en que la vergüenza y el temor han dejado a muchos pastores y congregaciones en riesgo de crisis.

 

Paradigma del pedestal

Cuando la vergüenza y el temor impactan la vida de un pastor o la de la congregación, entonces se tergiversan las intenciones de Dios. El sistema disfuncional que se genera queda envuelto en lo que nosotros llamamos «el paradigma del pedestal»: una malignidad silenciosa y sistemática que afecta la misión de la iglesia y envenena el ministerio.

 

El paradigma del pedestal tiene dos componentes, unidos entre sí. En primer lugar, muchas veces las iglesias, de manera inconsciente, se colocan a sí mismas sobre un pedestal. Asumen que son bendecidas de una manera poco usual, que son las únicas «que están en lo cierto» y que son mejores que el resto. Estas iglesias encuentran algo en su cultura, doctrina, tamaño, historia o posibilidades que les recuerdan su estatura especial.

 

En segundo lugar, estas iglesias (¡y sus pastores!) asumen que el pastor es más que un simple ser humano. Por supuesto que ninguna iglesia o pastor afirmaría tal fantasía en voz alta. No es un manifiesto de la doctrina formal de la iglesia. Sin embargo, es una suposición bien arraigada, por lo general inconsciente, acerca del pastor. Él es el «líder espiritual», y de alguna manera se encuentra «por encima» de los demás miembros de la congregación. Él es, como también la iglesia, la fuente de la verdad. Él no puede (ni debe) experimentar luchas en su vida personal, peleas con sus familiares o fracasar espiritualmente, como a las personas comunes les suele suceder. Él es el ejemplo de cómo deberían llevar su vida todas las personas. Las necesidades de los pastores no son tan terribles como las de los demás, y si lo fueran, lograrían resolverlas de manera mágica debido a su íntima relación con Dios.

 

Si afirmamos de manera tan directa este conjunto de presunciones, suena arrogante. Y en verdad lo es. Pero la mayoría de las veces, la arrogancia es una pantalla que, inconscientemente, esconde vergüenza y temor. Como el paradigma del pedestal protege a los pastores y a las congregaciones de experimentar temor y vergüenza, llega a parecer una opción seductora. Examinemos más de cerca la primera de cuatro características claves.

 

Guardar las apariencias

Las iglesias y los pastores que están enredados en el paradigma del pedestal constantemente tratan de verse bien, no para ser honestos y sinceros sino para evitar los problemas. Las razones por las cuales se sienten movidos a proceder así pueden ser muchas. Las iglesias, por la competencia implícita con la iglesia de al lado, incitan a veces a sus congregaciones a tratar de ser más atractivas para ganar más miembros. Esta presión empuja a la iglesia hacia el pedestal. Si causamos una buena impresión, lograremos con facilidad desatender nuestras luchas. Es probable que no queramos, por ejemplo, invitar a alguien el domingo que, por ejemplo, el pastor decida hablar durante el sermón acerca de sus problemas con la depresión. Pensamos, ¿quién se sentiría atraído por una iglesia en la que el pastor es vulnerable a depresión? Si el pastor no logra ser verdaderamente feliz, ¿entonces quién podrá? Si el pastor habla demasiado acerca de sus problemas con los demás, alguien puede pensar que no es tan espiritual como debería serlo. ¿Quién se sentirá atraído por una iglesia con un pastor tan defectuoso? El modelo bíblico de ministrar también a través de nuestras debilidades, así como lo hacemos a través de nuestras fortalezas, muchas veces se descarta en este anhelo por guardar las apariencias.

 

Al principio, en uno de nuestros ministerios, uno de nosotros mencionó en un sermón que la consejería había sido de gran ayuda personal. Un miembro del consejo de la iglesia, claramente colmado de inquietud, objetó en privado esta declaración: «Ahora seguramente nos enteraremos de que eres alcohólico, o algo por el estilo». El solo hecho de buscar ayuda implicaba más imperfección de lo que este hombre podía tolerar en un pastor. Y la idea de compartir esa imperfección en público le resultó inconcebible. En su opinión, un pastor no debería necesitar ayuda, y, si en alguna instancia la necesitara, no debía hablar al respecto. Su mensaje era claro: «Por favor, muéstranos sonrisas amistosas en vez de luchas personales difíciles; sin importar la realidad de tu vida». La apariencia se había convertido para él en un valor más apreciado que la realidad.

 

Los miembros de la congregación contribuyen en guardar las apariencias cuando asumen que un pastor con imperfecciones no puede ser un buen pastor. ¿Por qué le tememos tanto a un pastor con imperfecciones? Consideramos que el temor se debe a lo siguiente: Si Dios no ha ayudado al pastor a resolver sus luchas personales y sus problemas con los demás, ¿cómo alguien común y corriente conseguirá recibir una mejor ayuda? Deseamos que nuestro pastor esté más allá de esta fragilidad humana, y esta perspectiva sugiere que hemos permitido que el «éxito» del pastor se convierta en el sostén de nuestra esperanza. En realidad, los pastores enfrentan luchas al igual que todos nosotros. La buena noticia es que el fundamento de nuestra esperanza es el amor y la gracia de Dios; un fundamento mucho más estable para construir nuestra esperanza que cualquier don que pueda engrandecer al pastor.

 

Todos sabemos que «guardar las apariencias» siempre termina llevándonos a la muerte espiritual, tanto a los pastores como a las congregaciones. Bajarse del pedestal significaría dejar de aparentar. Y eso significa que tendríamos que encontrar maneras de aumentar nuestra tolerancia frente a la verdad, a nosotros mismos, a nuestras familias, a la congregación y a los pastores. Debemos procurar todo lo que sea necesario para vivir en la verdad. Para la mayoría de nosotros, este estilo de vida no es fácil; no nos resulta fácil enfrentar la verdad acerca de nosotros mismos. Tampoco es fácil para nosotros como congregación. Pero no cosecharemos nada más que muerte espiritual si decidimos aparentar. Necesitamos salir de ese camino y empezar a caminar por la senda de la verdad tanto en lo personal como en la vida de la congregación.

 

Busque en el número mayo-junio de Apuntes Pastorales el segundo artículo de esta serie, en él se explorarán las tres características claves que faltan del «paradigma del pedestal».

Se tomó de Clergy Recovery Network: Where Ministry Professionals Find Grace and Hope. Todos los derechos reservados. Se usa con permiso del autor.
Artículo Publicado en Apuntes Pastorales: “Apuntes Pastorales – Marzo 2012” – Marzo 2012
Por Dale O. Wolery

Share This Article

David Diamond y los suyos no entienden o no creen en la Trinidad

Next Story »

El Principio Regulativo de Adoración según la Biblia

Teología

  • Mujeres en el Gnosticismo

    2 meses ago

    A menudo existe el deseo de interpretar el gnosticismo como el representante de una actitud más positiva hacia las mujeres en la tradición cristiana primitiva. Se pueden ...

    Read More

Leer más

More