Serie Ministerial 3- ¡Los programas no sirven!

Por Greg Ogden.

Hacer discípulos es un llamado a establecer relaciones, no una invitación a anotarse en un programa

La labor de formar discípulos no es un programa de seis, diez, o aun treinta semanas. Nuestros esfuerzos por formarlos los canalizamos muchas veces a través de programas, no a través de un proceso de relaciones. 

Desde la perspectiva bíblica, los discípulos se forman en las relaciones. Cuando yo estoy formando una nueva tríada/cuadríada (lea el artículo «Unos pocos a la vez» en el número de  julio-agosto de Apuntes), entro en contacto personal con alguien. Mi primer esfuerzo es pedir al Señor que me guíe hacia los que padecen hambre espiritual y se dejarán enseñar. Cuando alcanzo una convicción firme acerca de quién es la persona a la que el Señor quiere que me aproxime, pregunto a esa persona: «¿Quisiera unirse a mí para caminar conmigo mientras crecemos juntos para convertirnos en mejores discípulos de Cristo? Me gustaría invitarlo a reunirse todas las semanas conmigo y con uno o dos más, para que podamos llegar a ser todo lo que el Señor quiere que seamos. Cuando estaba orando acerca de esta relación, sentí que el Señor me guiaba hacia usted».

 

¿En qué difiere este enfoque, basado en una relación personal, de un programa?

 

La intimidad con el otro

Las relaciones de discipulado están marcadas por la intimidad, mientras que los programas tienden a estar centrados en la información

 

Los programas operan bajo el supuesto de que, si damos más información a alguien, esta llevará de manera automática a una transformación. En otras palabras, la sana doctrina produce una forma de vida propia. Si se llena la cabeza a la persona con versículos de las Escrituras y principios bíblicos, esto la llevará a un cambio en su carácter y en sus valores, y a amar a Dios.

 

Alicia Britt Chole capta la diferencia entre el programa y la relación. «El programa era más seguro, más controlable y reproducible; menos arriesgado, menos problemático, menos invasivo. Parecía más fácil dar a alguien un bosquejo, que una hora; era preferible un libro viejo, que una ventana que le dejara ver nuestra humanidad. Qué fácil es sustituir la inversión en la gente por la información a la gente; qué fácil resulta confundir la verdadera labor discipuladora de gente con la labor de organizarla. La vida no es producto de un programa ni de un ensayo. La vida es producto de la vida. Jesús dio la prioridad a la mentoría persona a persona, porque su premio era mucho mayor que la información; era la integración.»1

 

La responsabilidad de cada uno

Las relaciones discipuladoras exigen una responsabilidad mutua total por parte de los participantes. En los programas, uno, o unos pocos, realizan la obra del ministerio a favor de los muchos

 

La mayor parte de los programas se levantan alrededor de una sola persona, o de unas pocas personas clave que ejecutan el duro trabajo de preparación. El resto del grupo son los destinatarios pasivos de ese trabajo. En cambio, esta dinámica no se da así cuando se trata de un pequeño grupo, más igualitario, que cuando se trata de una clase en la que se domina la comunicación en un solo sentido. Aunque un programa así pueda proporcionar extraordinarios beneficios al que ha hecho la preparación, por lo general, el resultado consiste en una inmensa cantidad de información que nunca llega a procesarse. Por mucho que crea que la predicación produce convicción y decisión, sería ingenuo de mi parte creer que basta con predicar para producir discípulos. Si la predicación pudiera producir discípulos, esa labor ya estaría cumplida.

 

En una relación de discipulado, todos los que participan comparten un nivel igual de responsabilidad en cuanto a preparación, revelación de su propia persona, y una agenda destinada a transformar la vida. Esta relación no tiene que ver con la labor de una sola persona, que el maestro es quien lo comprende todo, mientras que los demás están aprendiendo de alguien cuya sabiduría excede con mucho a la suya propia. Los niveles de madurez en Cristo podrán variar, pero el supuesto previo básico es que, en el dar y recibir de las relaciones, el que es el maestro y el que recibe la enseñanza no son siempre los mismos, y pueden cambiar de un momento a otro.

 

A la medida de cada quien

Las relaciones de discipulado son cultivadas a la medida del crecimiento propio de cada persona, mientras que los programas insisten en la sincronización y la regimentación

 

La mayoría de los programas no pueden tomar en consideración el hecho de que cada persona es distinta. Esta distinción personal es esencial para la formación de los discípulos. Por lo general, un programa se desarrolla durante un tiempo definido. Es frecuente que las iglesias sigan el calendario escolar. Comienzan un programa en septiembre, cuando empiezan a funcionar las escuelas, y lo terminan en junio, a tiempo para las vacaciones de verano. Una vez terminado ese ciclo, se da por supuesto que los cristianos han sido discipulados. Se llega a equiparar la conclusión del programa con el haber formado discípulos.

 

Las relaciones del discipulado varían en cuanto al tiempo que se invierte en desarrollarlas, porque no existen dos personas que crezcan con el mismo ritmo. Por tanto, el discipulado no puede ser una marcha forzada a lo largo de un plan de estudios. Las relaciones que crean discípulos exigen un enfoque individualizado que considere el tipo de crecimiento personal de cada uno de los participantes.

 

La transformación de cada uno

Las relaciones en el discipulado centran la responsabilidad en torno a la transformación de la vida, mientras que el programa, alrededor del contenido

 

Los programas de discipulado crean la ilusión de que existe una responsabilidad. Sin embargo, esa responsabilidad se centra más en terminar el plan de estudios asignado que en cambiar y transformarse en la semejanza de Cristo que se espera de un discípulo suyo.

 

La meta es crecer a la semejanza de Cristo. La forma en que se mide la responsabilidad en estos programas tiende a estar en las formas de conducta fácilmente observables y susceptibles de ser medidas. Entre ellas están el aprendizaje de textos bíblicos de memoria, las lecturas semanales que se exigen, y el ejercicio de las disciplinas espirituales. En una relación de discipulado, la responsabilidad se centra en aprender a «guardar todas las cosas que Jesús nos ha mandado» (Mt 28.20). Por ejemplo, existe una inmensa diferencia entre saber que Jesús nos enseñó a amar a nuestros enemigos y amarlos realmente. Las relaciones del discipulado se centran en la incorporación de la vida de Jesús a todo nuestro actuar.

 

1 Alicia Britt Chole, “Purposeful Proximity —Jesus’ Model of Mentoring”, revista Enrichment [Internet], disponible en la páginahttp://enrichmentjournal.ag.org/200102/062_proximity.cfm; consultada el 2 de abril de 2007.

Preguntas para estudiar el texto en grupo

  1. ¿En qué se fundamenta el autor para afirmar que la mejor manera de formar discípulos es en las relaciones?; ¿cuál es el secreto del éxito de este estilo de discipulado?
  2. ¿Cuáles son las grandes diferencias entre discipular con relaciones y discipular con programas?
  3. ¿Cuál diría usted es la gran debilidad de los programas?

 

  1. ¿Cómo se lleva a cabo el discipulado en su iglesia? A la luz de este artículo, ¿qué arreglos le convendría a usted aplicar a fin de que cuando discipule a una persona alcance realmente el éxito con ella?
Greg Ogden es pastor de discipulado en Christ Church in Oak Brook, Oak Brook, Illinois. Se tomó de Enrichment Magazin, invierno de 2008. Se publica con permiso del autor.
Artículo Publicado en Apuntes Pastorales: “Apuntes Pastorales – Septiembre 2012” – Septiembre 2012

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