¿Dónde dice la Biblia que hay que ser miembro de una iglesia?

Andrés Birch

¿Eres miembro de una iglesia? Quizás no lo veas necesario. Eso de ser miembro de una iglesia no suena muy espiritual, ¿verdad? Suena más bien a papeleo, a burocracia, justo lo que no necesitamos en la iglesia. Y hay cada vez más iglesias que no tienen una membresía formal, oficial; los creyentes que asisten a la iglesia son la gente de la iglesia y ya está. Y no pocos creyentes preguntan: “¿Dónde dice la Biblia que hay que ser miembro de una iglesia?” Normalmente la pregunta es retórica; no se espera una respuesta – ya se sabe que la Biblia no dice en ninguna parte que haya que ser miembro de una iglesia, ¿verdad? Pero, ¿es así? Es cierto que no hay ningún versículo de la Biblia que diga: “Hay que ser miembro de una iglesia”. Pero yo sí creo que la Biblia enseña que todo creyente debería ser miembro de una iglesia local. ¿Dónde lo enseña? Pues, aquí van siete argumentos basados en cosas que dice la Biblia sobre el creyente y la iglesia local:

1.    Miembros del cuerpo de Cristo

En 1ª de Corintios 12 el apóstol Pablo compara a las personas que constituyen una iglesia local con los miembros del cuerpo humano: “Así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo” (v.12). La comparación ocupa buena parte del capítulo, y llega a una conclusión en el versículo 27: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”. Aunque esto se pueda debatir, parece ser que en el contexto se está hablando de la iglesia local más que de la Iglesia universal.

Soy consciente de que la palabra “miembros” en este pasaje viene de la comparación con el cuerpo humano, y que por lo tanto se puede considerar metafórica cuando se aplica a la iglesia. No obstante, para que la comparación sea válida tiene que haber algo en la iglesia que corresponda a los miembros del cuerpo humano, y no parece que haya ninguna buena razón por la que este texto no pueda servir de punto de partida para una teología neotestamentaria de la membresía de la iglesia local.

2.    La multitud de nombres

Después de la ascensión de nuestro Señor, leemos que “en aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (y los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo…” (Hch. 1:15), y a continuación el apóstol Pedro propone a los hermanos la elección de un sucesor de Judas Iscariote.

Ahora, lo que en este pasaje bíblico atañe a nuestro tema es un detalle interesante – y yo diría bastante significativo – en lo que viene entre paréntesis en el versículo 15. Una traducción literal de las palabras entre paréntesis sería algo así: “Y la multitud de nombres era, en total, sobre ciento veinte”. ¿Por qué “la multitud de nombres”? Si bien, como apuntan algunos comentaristas, no es el único caso del uso de la palabra “nombres” para “personas”, el lenguaje aquí se parece bastante al del libro de Números, cuando se habla de los censos que hubo en aquel entonces – “la cuenta de los nombres” (Nm. 1:2); “conforme al número de sus nombres” (Nm. 3:43); “la cuenta de los nombres” (Nm. 26:53); etc. Parece al menos una posibilidad razonable que Hechos 1:15 implique la existencia de algún tipo de registro de los primeros cristianos, y que se hubiese contado el número de los nombres que aparecían en ese registro. Si fuera así, sería otro indicio, muy temprano, del concepto de una reconocida membresía de la iglesia.

3.    Añadidos a la iglesia

En el siguiente capítulo de Hechos de los Apóstoles, el capítulo 2, se nos dice que los nuevos creyentes fueron “añadidos a la iglesia”: “Se añadieron aquel día como tres mil personas” (v. 41); “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47b).

¿Qué significa ser “añadido a la iglesia”? Es cierto que podría ser una referencia a la Iglesia universal – cuando alguien llega a ser creyente, cuando se convierte, pasa a formar parte de esa Iglesia universal, el pueblo de Dios. Pero, ¿acaso no sugiere el contexto de Hechos 2 la iglesia local? Si se considera el bautismo en agua una ordenanza de la iglesia local, ¿no parece más natural, al leer: “Fueron bautizados; y se añadieron…” (v. 41), aplicar ambos verbos al ámbito de la iglesia local? Tal vez el lenguaje aquí nos ayude a definir la distinción (bastante importante) entre asistir a una iglesia y pertenecer a una iglesia.

4.    Unidos a la iglesia

Todavía en el contexto de la Iglesia cristiana primitiva, leemos en Hechos 5:13: “De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos…”. En cambio, no mucho tiempo después, Saulo de Tarso, recién convertido, “trataba de juntarse con los discípulos” (Hch. 9:26a).

En ambos textos la palabra griega para “juntarse” es la misma palabra que se usa en el contexto de la unión matrimonial: “Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer…” (Mt. 19:5). Entonces, aplicada luego esa misma palabra a la unión y la comunión espiritual entre los creyentes, no parece que la idea sea la de juntarse en una simple reunión, como cuando nos juntamos con nuestros amigos, sino más bien la de juntarse en un vínculo más fuerte y permanente, como cuando se juntan dos piezas de una misma cosa con pegamento. De hecho, ¡nuestra palabra “cola” (de pegar con cola) parece estar relacionada con la palabra griega en cuestión! Otra vez, es la diferencia entre ir a la iglesia y ser de la iglesia.

5.    Elecciones en la iglesia

La Iglesia cristiana aún era muy joven cuando surgieron los primeros problemas. Lucas nos habla de uno de esos problemas en Hechos 6: “Hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria” (v. 1). ¿Y la solución?: “Los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: …Buscad…de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo” (vv. 2-3). Y así lo hicieron: “Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban…” (v. 5).

De este pasaje surgen las siguientes preguntas, todas ellas relacionadas con el tema de la membresía de la iglesia: (1) ¿A quiénes se dirigieron los doce apóstoles cuando surgió este problema?; (2) ¿Quiénes podían participar en la búsqueda de los siete varones; (3) ¿Quiénes podían ser propuestos y nombrados para el trabajo en cuestión?; y (4) ¿Quiénes eligieron a los siete encargados de la distribución diaria? El pasaje sugiere una misma respuesta a las cuatro preguntas: “los discípulos”. A la hora de solucionar problemas, de tomar decisiones, de nombrar y elegir responsables, etc., tenía que haber un reconocimiento claro de las personas que podían participar en todo ello. ¿Cómo se distinguía entre las personas reconocidas como creyentes o discípulos y las personas que estaban con ellos pero que todavía no habían dado ninguna evidencia de haberse convertido? No hace falta que insistamos en la palabra “membresía”, pero el concepto parece necesario para este tipo de circunstancias. Hechos 15 (el concilio de Jerusalén) es otro caso parecido: “Pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones…” (v. 22).

No creo que sea difícil ver la necesidad hoy también de que se tenga claro quiénes pueden y quiénes no deben participar en toda una serie de actividades y responsabilidades en la iglesia local. La alternativa (que algunos han vivido) es el caos de hacer todo en las reuniones públicas, en las que cualquier persona, aunque no sea creyente, tiene voz y voto, con las (a veces) nefastas consecuencias para la causa del evangelio.

6.    Los pastores y sus ovejas

En Hechos 20 (vv. 17 y ss.) tenemos el discurso del apóstol Pablo a los ancianos de la iglesia de Éfeso. En el versículo 28 leemos: “Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor…”. Una de las lecciones de este pasaje parece ser que los ancianos, los obispos y los pastores eran – y son – según el Nuevo Testamento, las mismas personas (aunque luego se puedan hacer matizaciones, basadas en algunos textos bíblicos). Pero otra lección, y una que tiene que ver con el tema que aquí nos ocupa, es que los líderes espirituales de las iglesias locales han sido puestos por el Espíritu Santo en el rebaño del Señor para que miren por las ovejas. Es decir, tienen una serie de responsabilidades, y tienen derecho a contar con una serie de actitudes, etc., de ciertas personas en particular: las personas que constituyen ese rebaño del Señor.

Un pastor (o anciano u obispo) no lo es de todos los habitantes de su parroquia; es pastor de las ovejas del Señor de una iglesia local en particular. Pero ¿quiénes son esas ovejas? ¿Son todas las personas que asistan a la iglesia? ¿Son todos los creyentes que asistan a la iglesia? Por supuesto, un pastor querrá ayudar y servir a todas las personas que pueda; pero, ¿quién no sabe que hay incluso creyentes que no quieren ser pastoreados por nadie? No, este texto y la existencia de pastores (bajo el Señor, por supuesto) y ovejas también apuntan a la necesidad de un reconocimiento claro de quiénes son los que forman la iglesia local – es decir, de una membresía de la iglesia local.

7.    Problemas en la familia

La palabra “iglesia” sólo se encuentra dos veces en los cuatro Evangelios: en Mateo 16:18 y en Mateo 18:17. El contexto de la segunda de estas dos referencias es el de la disciplina que tiene que haber en toda iglesia local: “Si tu hermano peca…”. El Señor Jesucristo dice cuáles son los pasos que se deben dar en aquellos casos que requieran esa disciplina. El tercer paso es: “Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia” (v. 17).

Cuando dice el Señor aquí: “la iglesia”, ¿a qué se refiere? ¿A quiénes hay que decirlo? ¿A qué personas hay que informar de cualquier caso que requiera disciplina? No parece muy apropiado anunciar a todos los presentes en una reunión pública los detalles de un pecado que se ha cometido, ¿verdad? Unos creyentes que estén visitando la iglesia ese día no tienen por qué enterarse de todos los problemas de la familia, ¡y menos aun las personas que ni siquiera son creyentes! Entonces, ¿cómo se hace? ¿Cuál es el foro apropiado para tratar ese tipo de situaciones? Parece difícil dar una respuesta convincente si no se cree en la membresía de la iglesia. En cambio, si existe esa membresía, nada más natural que tratar problemas de la familia en el seno de la familia que debe ser cada iglesia local.

El apóstol Pablo secunda la enseñanza del Señor sobre este tema en 1ª de Corintios 5 (entre otros pasajes), donde, en el contexto de un caso de inmoralidad, pregunta a los creyentes en Corinto: “¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?” (v. 12). Y añade: “Porque a los que están fuera, Dios juzgará” (v. 13). Parece más natural entender las palabras “dentro” y “fuera” aquí no en el sentido físico – cualquier persona podría estar dentro de la iglesia físicamente – sino en el sentido de pertenecer a la iglesia, de ser miembro de la iglesia. Y, además, ¿cómo se puede practicar (cuando sea necesario) la excomunión – este pasaje en 1.ª Corintios 5 trata ese tema – si no hay una membresía de la iglesia?

Conclusión

Aunque a primera vista parezca bíblico, y hasta suene espiritual, afirmar que el tener una membresía de la iglesia no es algo establecido por Dios, sino algo impuesto por los hombres, creo que una reflexión seria sobre el tema llevará a la conclusión de que el tener esa membresía de la iglesia es necesario, bueno y bíblico. No se puede basar la teología cristiana en textos aislados: hay que profundizar en la enseñanza bíblica. Sin duda, ¡esto requiere más trabajo! Y hemos visto que lo que enseña la Biblia sobre el tema de este artículo es: (1) Que los creyentes de una misma iglesia local han de ser “miembros” los unos de los otros; (2) Que hay algunos indicios de una membresía en la iglesia primitiva; (3) Que los primeros cristianos no solo asistían a la iglesia; pertenecían a la iglesia; (4) Que en el Nuevo Testamento “juntarse” no significaba tanto estar con…, sino más bien ser de…; (5) Que la necesidad de tomar decisiones (a veces muy importantes), y de proponer, nombrar, elegir, ser elegido, etc., requiere un reconocimiento claro de quiénes tienen voz y voto; (6) Que los pastores necesitan saber con qué ovejas cuentan; y (7) Que existen problemas que son de la familia y por lo tanto hay que saber quiénes son de la familia y quiénes no.

Una de las características de nuestros tiempos es la falta de compromiso, ¿verdad? Es así en todos los ámbitos de la vida. Pues, una iglesia cristiana difícilmente puede ser lo que el Señor quiere que sea sin que haya creyentes comprometidos – con el Señor y con su causa – o sea, ¡verdaderos miembros de iglesia!

Una primera versión de este artículo fue publicada en Nueva Reforma.

Andrés Birch es un misionero británico afincado en España desde 1983. Actualmente es pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca, España. Puedes seguir a Andrés Birch en Twitter.

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