Nada nuevo bajo el sol: Breve historia de la hermenéutica bíblica

I. BREVÍSIMO PANORAMA HISTÓRICO Por José M. Abreu

1.1. LAS ESCUELAS PATRÍSTICAS: Siglos III al V d.C.

Al comienzo del siglo III, la interpretación de los textos sagrados estaba especialmente bajo la influencia de la llamada Escuela Catequística de Alejandría. Como gran centro cultural de la antigüedad, Alejandría fue la confluencia de un rico encuentro entre la cultura helenística y las tradiciones religiosas judías, las influencias fueron mutuas. El neoplatonismo, el gnosticismo y las corrientes de filosofía griega popular hicieron que esta Escuela ajustara su interpretación de la Biblia a lo que consideraban un método natural para armonizar filosofía y religión: el método alegórico.

Este método alegórico era muy popular debido a que los filósofos estoicos, principalmente, lo habían aplicado para su interpretación de la literatura homérica. Era, pues, un camino ya trazado y listo para que los cristianos lo transitaran. Desde el lado del judaísmo, Filón de Alejandría había puesto todo el peso de su autoridad y prestigio a favor de este método, y lo convirtió en un sistema que incluso aplicó a las narraciones más sencillas del AT.

Por el lado del cristianismo, Clemente de Alejandría y su discípulo Orígenes, aunque afirmaron que tenían que aplicarse reglas especiales para la interpretación de la Biblia como Palabra de Dios y que debía reconocerse el sentido literal de los textos, consideraron que la interpretación alegórica era la más apropiada para descubrir el verdadero sentido de las comunicaciones divinas.

Clemente de Alejandría fue el primero en aplicar el método alegórico ala interpretación del NT y propuso el principio de que “Toda Escritura debe ser entendida alegóricamente”. Según Clemente, el sentido literal sólo podía proporcionar una fe elemental, mientras que el alegórico conducía al sentido más profundo y, por lo tanto, verdadero.

Su más destacado discípulo, Orígenes, lo sobrepasó en cultura clásica yen influencia. Sin duda, fue el más importante intérprete bíblico de su tiempo, pero sin duda su valor permanente está no tanto en su interpretación como en su crítica textual de la Escritura. Él ilustró de un modo extenso y sistemático el tipo alejandrino de interpretación. Su teoría hermenéutica está expuesta en el siguiente principio: “El significado del Espíritu Santo es siempre claro, simple y digno de Dios. Todo lo que parece oscuro, inmoral, o intrascendente en la Biblia, sirve simplemente como incentivo para hacerlo trascendente…” llevándolo más allá del sentido literal.

Orígenes consideró la Biblia como un medio para la salvación del hombre y, porque según Platón, el hombre se compone de tres partes: cuerpo, alma y espíritu, aceptó en la Biblia un sentido triple: el significado literal, el moral y el mítico o alegórico. En su práctica exegética tendió a menospreciar el sentido literal y ocasionalmente se refirió al sentido moral, pero constantemente empleó el método alegórico, con el cual creía encontrar el verdadero conocimiento del texto bíblico.

Hacia finales del siglo III se inició, tal vez por Diódoro, primer anciano o presbítero de Antioquía y después del 378, Obispo de Tarsis, quien escribió un verdadero tratado sobre la interpretación, la llamada Escuela de Antioquía. Los dos más grandes discípulos y maestros de esta Escuela fueron: Teodoro de Mopsuestia y Juan Crisóstomo. Estos dos hombres se diferenciaron mucho en todos los aspectos.

Teodoro tenía puntos de vista muy liberales sobre la Biblia, mientras que Crisóstomo considera que todas sus partes eran infalible Palabra de Dios. La exégesis de Teodoro fue intelectual y dogmática; la de Crisóstomo más espiritual y práctica. El primero fue famoso como exegeta e intérprete; el segundo opacó a todos sus contemporáneos como orador de púlpito, y fue reconocido por el esplendor de su elocuencia (crisóstomo= boca de oro).

Ambos propusieron como principio exegético la necesidad de reconocer el sentido original de la Escritura a fin de sacar provecho espiritual de ella. No sólo le atribuyeron gran valor al sentido literal de la Biblia, sino que conscientemente repudiaron el método alegórico de interpretación. En la práctica exegética, Teodoro tenía una gran capacidad para ver en la Biblia el factor humano, pero lamentablemente su teoría de la inspiración lo llevó a negar la autoridad divina de varios libros. En contra de la interpretación alegórica, defendió el método histórico-gramatical, con lo cual se adelantó en mucho a su época.

Otro tipo, digamos, intermedio es el que surgirá en las iglesias de Occidente. Toma elementos del método alegórico y de la escuela de Antioquía. Pero su rasgo más distintivo será un elemento totalmente desconocido hasta entonces y que, con el correr de los siglo, tomará una fuerza decisiva en la historia de la exégesis en Occidente: este principio es la autoridad de la tradición y de la Iglesia en la interpretación de la Biblia. Se le atribuyó un valor de regla y norma a la enseñanza de la Iglesia en la esfera de la exégesis. Este es el tipo de interpretación que se desarrollará particularmente con Jerónimo y Agustín de Hipona.

La fama de Jerónimo se basó en su traducción al latín de los textos bíblicos conocida como La Vulgata, más que en sus interpretaciones bíblicas. Siendo un gran conocedor del hebreo y del griego, su trabajo exegético consistió en una gran cantidad de notas lingüísticas, históricas y arqueológicas. Agustín, aunque tenía un conocimiento más deficiente de las lenguas originales, es decir, no era principalmente un exegeta, tenía una gran habilidad para sistematizar las doctrinas de la Biblia aunque no era un gran intérprete de ella.

Sus principios hermenéuticos eran mejores que su exégesis; considera que el intérprete debe estar equipado con la filología, la historia y la crítica, pero más importante es el amor que debe tener hacia el Autor, Dios. Defiende la necesidad de respetar el sentido literal y de basar lo alegórico sobre el sentido literal. Sin embargo, más de una vez, se dejó llevar por la interpretación libre alegórica. En los casos en que la interpretación fuera dudosa, Agustín propuso la famosa “regula fidei”; es decir, la autoridad de la fe de la Iglesia. Agustín en la práctica adoptó una exégesis basada en cuatro enfoques: histórico, etiológico, analógico y alegórico. Será esta cuádruple forma de interpretación la que se desarrollará profundamente en toda la Edad Media occidental.

1.2. EN EL PERÍODO MEDIEVAL: Siglos V al XV d. C.

Durante la Edad Media, la mayoría de los cristianos, incluyendo a muchos de entre el clero, vivió en la más completa ignorancia de la Biblia. Los que la conocían, la conocían sólo a través de la traducción latina de la Vulgata y las citas contenidas en los escritos de los Padres. Era considerada como un libro lleno de misterios, que sólo podía ser entendido de un modo místico. En un sentido muy general, la interpretación bíblica se guiaba por cuatro principios: el sentido literal, el tropológico, el alegórico y el analógico. Durante esta época se estableció definitivamente el principio de que la interpretación bíblica debía someterse a la tradición y a la doctrina establecida por la Iglesia.

Era considerado como un principio de sabiduría leer la Biblia acompañada de los comentarios de los Padres. Esta fue la famosa regla establecida por San Benito y que fue adoptada ampliamente por casi todos los monasterios. Esta famosa regla se expresó en la fórmula de Hugo de San Victor: “Aprende primero lo que debes creer y después ve a la Biblia para hallarlo allí”. Durante esta época no se desarrolló ningún principio nuevo de interpretación, pues ésta estaba atada de pie y de manos por la costumbre de la tradición y de la autoridad de la Iglesia, la cual era estudiada con mayor diligencia que la Escritura misma.

Aunque se aceptaba el cuádruple sentido de la Biblia, algunos empezaron a ver ciertas incongruencias. El mismo Tomás de Aquino, aunque practicó la alegoría, por lo menos en teoría consideraba el sentido literal como el fundamento necesario para la interpretación.

Quien rompió las argollas de esta cadena fue Nicolás de Lyra, quien, sin abandonar el sentido cuádruple tradicional, hizo un uso práctico de sólo dos: el literal y el místico, fundando este último en el primero. Insistió en la necesidad de estudiar el texto en el original, y se quejó de que el sentido místico chocara muchas veces contra el sentido literal, y por eso exigió que para efectos de fijar la doctrina de la Iglesia debía usarse solamente el literal.

1.3. DURANTE LA REFORMA: SIGLO XVI

Con el advenimiento del Renacimiento se desarrollaron principios hermenéuticos más técnicos y racionales. En los siglos XIV y XV, la ignorancia bíblica era muy extensa, y muchos doctores en teología jamás la habían leído completamente, y sólo conocían la única versión en latín de Jerónimo. El Renacimiento impuso como norma de investigación crítica-literaria la necesidad de trabajar con las lenguas originales; este principio fue adoptado muy especialmente por Erasmo, quien preparó la primera edición crítica del NT en griego; al mismo tiempo, Reuchlin publicó su Gramática y Diccionario del Hebreo. Con estas herramientas el estudio de la Biblia tomó un poderoso impulso, y gradualmente se fue abandonando la metodología basada en los cuatro principios del sentido, se estableció que la Biblia tenía un solo sentido.

Los Reformadores creyeron firmemente que la Biblia era la Palabra de Dios inspirada y autorizada, pero la concibieron como un todo orgánico y mostraron ante ella una gran libertad en muchos aspectos. Por un lado, la afirmaron como suprema autoridad por encima y en contra de la autoridad de la Iglesia; la Biblia, no la Iglesia, era el juez supremo de apelación para cualquier disputa doctrinal. Por encima de la pretendida infalibilidad de la Iglesia, los Reformadores insistieron en que es la Biblia la que determina la doctrina de la Iglesia y lo que la Iglesia debe y tiene que enseñar, y no la Iglesia la que determina la doctrina de la Biblia.

Por esta razón, los principios de la exégesis protestante surgieron dedos pilares fundamentales:

La Escritura se interpreta por la Escritura misma.

Toda interpretación de la Escritura debe estar en conformidad con la analogía de la fe. Y para los Reformadores, la analogía de la fe debía corresponder absolutamente a la enseñanza uniforme de la Escritura.

Lutero, además de rendir un invalorable servicio a la nación alemana con su traducción de la Biblia al alemán, tuvo tiempo para hacer algunas obras expositivas. Sus reglas hermenéuticas fueron superiores a sus propias interpretaciones, pero enfatizó sobremanera el sentido literal, aunque no estuvo completamente libre de la alegoría. Defendió el derecho privado de estudiar la Biblia, pero sin descuidar la necesidad de tomar en cuenta el contexto y las circunstancias históricas. Exigió en el intérprete una fuerte convicción de fe en Jesucristo y visión espiritual para interpretar la Biblia. Se afanó para encontrar a Jesucristo en todas las partes de la Biblia.

Pero no fue Lutero quien fijó los principios hermenéuticos de la Reforma, sino su mano derecha: Felipe Melanchton, humanista clásico y superior intelectualmente a Lutero. Sus grandes conocimientos del griego y del hebreo hicieron de él un extraordinario exegeta, y fundamentó su trabajo sobre dos principios: Las Escrituras debían ser entendidas gramaticalmente, lingüísticamente, antes que teológicamente; y la Escritura tiene un solo sentido simple y cierto.

Sin duda, el más grande exegeta de la Reforma fue Juan Calvino; sus exposiciones abarcan casi todos los libros de la Biblia. Utilizó los principios de Lutero y Melanchton en forma rigurosamente estricta, y rechazó por completo la alegorización, y, aunque reconoció ciertos valores topológicos en el AT rechazó la tesis luterana de que Cristo podía ser hallado en cualquier parte del AT. Redujo el número de salmos aceptados como mesiánicos; postuló que los libros proféticos debían ser interpretados a la luz de la historia de Israel y no de la historia de la Iglesia. Su principio fundamental se resume en su comentario: “el principal deber de un intérprete es permitir al autor que comenta, decir lo que realmente dice, en vez de atribuirle lo que nosotros pensamos que debió decir”.

1.4. LA HERMENÉUTICA CATÓLICA DURANTE LA REFORMA

Los expositores católicos no significaron ningún avance durante la época de la Reforma. La Iglesia Católica no admitió el principio del derecho del juicio privado, y reforzó, en oposición a la Reforma, la idea de que la Biblia debía ser interpretada en absoluta armonía con la enseñanza del magisterio de la Iglesia. El Concilio de Trento, convocado para condenar al luteranismo, impuso la tesis de que debía mantenerse la autoridad de la tradición eclesiástica por encima de lo que la Biblia enseñara. Además, estableció que debía darse a la Vulgata (traducción de la Biblia al latín) la más alta autoridad como texto para la exégesis. Trento determinó que toda interpretación de la Biblia debía estar sometida a la autoridad de la Iglesia y al unánime consentimiento de los Padres. Donde quiera que prevalecieron tales principios, la hermenéutica bíblica quedó prácticamente en un punto muerto.

1.5. EN EL PERÍODO CONFESIONAL: POST-REFORMA

Durante el período inmediatamente posterior a la Reforma se hizo evidente que el protestantismo no había hecho desaparecer por completo la vieja levadura, pues aunque se mantuvieron sólidos entorno al principio de “La Escritura se interpreta por la Escritura”, y rehusaron someter su exégesis al dominio de la tradición eclesiástica y a las doctrinas formuladas por los Papas y Concilios, cayeron en un grave peligro que perdura hasta hoy: el de guiarse por los principios confesionales de cada denominación. Aquí empezó propiamente una especie de “Edad de las Denominaciones”. Cada ciudad importante quería tener su propia confesión de fe. Este período de serias controversias teológicas logró dividir al movimiento protestante en varias fracciones, cada una tratando de defender sus posturas teológicas apelando a la Biblia. La exégesis vino a colocarse al servicio de las confesiones y degeneró en una simple búsqueda de textos de prueba. Las Escrituras eran estudiadas con el fin de hallar en ella las verdades doctrinales abrazadas por cada confesión o denominación. Fue en este período cuando surgió el concepto mecanicista de la inspiración de la Biblia, algunos llegaron a afirmar que hasta las vocales del texto hebreo eran inspiradas. Aunque esta tendencia no ha desaparecido por completo, sin duda hoy está bastante restringida.

En síntesis, tampoco este período fue fructífero para la historia de la hermenéutica, pero dio lugar a importantes reacciones. Por lo menos cuatro merecen ser mencionadas:

1. Los Socinianos: no presentaron principios hermenéuticos propiamente dichos, sino más bien un presupuesto básico: la Biblia tenía que ser interpretada racionalmente; como Palabra de Dios no podía contener nada que fuera o pareciera ser contraria a la razón, o que no pudiera ser comprendido por la razón. Por esta causa, echaron por la borda doctrinas como la Trinidad, la Providencia de Dios, la doble naturaleza de Cristo, y terminaron construyendo un sistema teológico mezcla de racionalismo con sobrenaturalísimo. Aunque se jactaban de su libertad de todo yugo confesional, su exégesis estaba completamente sometida a su dogmatismo racionalista.

2. Coccejus: este teólogo holandés reaccionó contra aquellos que sólo buscaban en la Biblia textos probatorios, y que no eran capaces de ver la Escritura como un sistema orgánico cuyas partes se hallan íntimamente relacionadas entre sí. Insistió en que el intérprete debía estudiar cada pasaje en el contexto de pensamiento general del libro y del propósito del autor. Su principal principio hermenéutico fue que las palabras de la Biblia significaban aquello que está expresado en el discurso entero: ” El sentido de las palabras de la Biblia abarca tanto, que contiene más que un simple pensamiento, a veces una multitud de pensamientos, los cuales un intérprete experimentado de la Escritura puede deducir de su estudio total”. Sin embargo, por causa de una grave confusión entre todos los posibles significados del texto y su aplicación al contexto del intérprete, introdujo una falsa pluralidad de significados, agravada por su excesiva tipología, que lo llevó a encontrar a Cristo en todas las situaciones de la Biblia. Aunque con una exégesis bastante deficiente, rindió un buen servicio a la historia de la hermenéutica al demandar atención al sentido orgánico de la Escritura.

3. Aporte de J. A. Turretin: se opuso al proceder arbitrario de Coccejus en contra de los sentidos imaginarios descubiertos tipológicamente. Insistió en que la Biblia debía ser interpretada sin ningún prejuicio dogmático, con la ayuda del análisis lógico. En esto su influencia fue benéfica.

4. En el movimiento pietista: cansados de las controversias dogmáticas dentro del protestantismo, muchos cristianos luteranos se inclinaron a promover la vida de verdadera piedad, iniciando una reacción contra el exagerado dogmatismo de la interpretación bíblica. Sin embargo, insistieron en el deber de estudiar la Biblia en sus lenguas originales pero bajo la iluminadora influencia del Espíritu Santo. Su preocupación por destacar la aplicación de las enseñanzas bíblicas a la vida los llevó a apartarse gradualmente de la investigación científica.

Consideraban que el estudio gramatical-histórico de la Palabra llevaba aun conocimiento externo del pensamiento de Dios, mientras que el estudio práctico – buscando las exhortaciones, las advertencias, las reprensiones – realizado en un espíritu de oración penetra hasta lo profundo de la verdad. Los pietistas enfatizaron el aspecto psicológico de la interpretación; es decir, que los sentimientos del intérprete debían estar en armonía con los del escritor bíblico estudiado. El peligro de esta tendencia mística fue la tendencia a encontrar énfasis especiales en donde no los había.

5. En el período histórico-crítico: si durante el período pietista hubo tal reacción en contra del estudio dogmático, con el surgimiento de una actitud crítica hubo un control total de la exégesis y de la hermenéutica. Este período fue de acción-reacción; puntos de vistas muy divergentes fueron expresados respecto a la inspiración de la Biblia; se negó por lo general la inspiración e infalibilidad de la Biblia, se dio un énfasis casi absoluto a los elementos humanos, y aun los que aceptaban el elemento divino se cuidaban de señalar la relación mutua entre lo humano y lo divino.

Se intentó sistematizar la doctrina de la inspiración; algunos siguieron la teoría de una inspiración que variaba de grado, según las diversas partes de la Biblia; en grado mínimo admitían errores e imperfecciones. Otros aceptaron la teoría de una inspiración parcial limitándola a aquellas porciones que se refieren a la fe y la moral, admitiendo errores en cuestiones históricas y geográficas.

Autores como Schleirmacher negaron el carácter sobrenatural de la inspiración y la identificaron con la iluminación espiritual del lector cristiano; otros la redujeron al poder que todo hombre posee en virtud de una luz natural. En la actualidad, la inspiración está más referida a los autores bíblicos que a sus escritos, y se concibe como una energía interior y sobrenatural que se manifiesta en un grado superior y en un nuevo orden de la energía espiritual del hombre. Al producto de esta energía se le llama “revelación”.

Durante el período crítico se puso como condición indispensable, que el exégeta debe estar absolutamente libre de predisposición de dogmas y principios confesionales de la Iglesia. Se estableció como principio que la Biblia debía ser interpretada como cualquier otro libro; los intérpretes se limitaron a cuestiones literarias, históricas y culturales, menospreciando toda referencia a lo divino. Como resultado, se tuvo una clara conciencia de la necesidad de una interpretación histórico-gramatical, pero también quedó clara la convicción de que tal interpretación debía ser complementada con otros principios que le hicieran justicia a la Biblia como revelación divina.

El producto concreto de este período crítico fue la aparición de dos escuelas diametralmente opuestas:

La Escuela gramatical: puso énfasis en cuatro principios:

(a) Se debe aceptar solamente el sentido literal, y rechazar la multiplicidad de sentidos.

(b) Se deben rechazar las interpretaciones tipológicas y alegóricas, excepto en aquellos casos en que el autor indica su propósito expreso de expresar otro sentido más que el literal.

(c) Puesto que la Biblia tiene un sentido gramatical en común con los otros libros, debe ser tratada de un modo similar.

(d) El Sentido literal no puede ser determinado por un supuesto sentido dogmático.

Esta escuela fue fundamentalmente sobre naturalista, aceptando las mismas palabras del texto como fuente legítima de auténtica interpretación y de verdad religiosa; pero sólo proporcionó una pura y simple interpretación del texto, lo que no siempre es suficiente para poder comprender la totalidad del mensaje Bíblico. Por eso es un método parcial.

La Escuela historicista: paradójicamente, esta escuela nació dentro del pietismo. Hizo énfasis en el origen histórico- humano de la composición de la Biblia, en el hecho de que algunos libros de la Biblia y el Canon como un todo tuvieron un origen histórico, y por lo tanto están condicionados por la historia. Esta escuela, de clara orientación racionalista, destacó el carácter local y transitorio de muchos escritos bíblicos, y por lo tanto negó el carácter de regla general para todos los hombres y para todos los tiempos. Aceptó la mezcla del error y la verdad, pues los autores bíblicos se acomodaron a los lectores a quienes se dirigían. El verdadero valor de la Biblia está en aquello que sirve para perfeccionar el carácter moral de los individuos. La Biblia es un producto falible del hombre y la razón debe ser el árbitro final de la fe.

Durante este período se manifestaron tres claras tendencias en la hermenéutica: una de total racionalismo extremo; una tendencia a volver a los principios de la Reforma y otra que consideraba que el método histórico-gramatical debía complementarse con otro que permitiera penetrar en el espíritu de la Escritura.

La tendencia racionalista extrema derivó hacia una posición puramente naturalista, considerando que la fuente verdadera de la religión debía ser una fidelidad a la razón; negaron todo elemento sobrenatural en la Biblia y por lo tanto negaron los milagros. La interpretación naturalista de la Biblia provocó una reacción que se caracterizó por la interpretación mítica del Nuevo Testamento; bajo la influencia de Hegel, la interpretación mítica propuso como clave para comprender la Biblia el surgimiento de la expectación mesiánica en Israel. Esta idea mesiánica judía se desarrolló en la historia de la Humanidad. En el tiempo de Jesús, el mesianismo estaba en el aire, bajo esta expectación, los discípulos atribuyeron a Jesús palabras y milagros, incluyendo la resurrección, que ellos suponían debía cumplir el Mesías. Es decir, el Jesús de los Evangelios no es el Jesús de la historia, sino el Jesús creado por los discípulos conforme a la idea que ellos tenían del Mesías.

Este punto de vista mítico, fue cuestionado duramente por F.C. Bauerquien aplicó al NT los principios fundamentales de Hegel: tesis, antítesis y síntesis. Sostuvo que la confrontación de tesis rivales ente Pedro y Pablo condujo a la producción de libros opuestos, los cuales finalmente fueron armonizados en una síntesis de los dos partidos rivales, dando por resultado el actual NT.

La tendencia racionalista actualmente es aplicada mucho más al AT que alNT, con la aparición de la escuela de Welhausen y la teoría documental del AT, resultado de la aplicación de la filosofía evolucionista. Esta teoría documental está en completa revisión.

6. La reacción contra el Racionalismo

La Escuela de Schleiermacher: Descartó la doctrina de la inspiración,negó la validez permanente del AT y trató a la Biblia como cualquier otro libro. Aun cuando no dudó de la integridad substancial de la Escritura, hizo distinción entre partes esenciales y partes no esenciales, y expresó su confianza en que la ciencia crítica podría trazar la línea entre ambas. A pesar de toda su insistencia en la verdadera piedad en el corazón (subjetivismo) su exégesis fue estrictamente racionalista, y muchos de sus seguidores se inclinaron abiertamente hacia el racionalismo, aunque otros siguieron un camino más moderado y evangélico, y, aunque rechazaron la teoría de la inspiración verbal, confesaron una profunda reverencia por la divina autoridad de la Escritura. Esta escuela intermedia, llamada también de la Conciliación, no admitió ni la infalibilidad del canon ni la inspiración plenaria del texto bíblico y se reservaron el derecho de someter a la prueba de la crítica histórica ambas cosas; sin embargo proclamó la suprema autoridad de la Biblia en materia de la doctrina.

La Escuela de Hengstenberg: la principal debilidad de la escuela intermedia fue su carácter conciliador, y por eso mismo no pudo detener el avance del racionalismo. La reacción más fuerte vino de la llamada Escuela de Hengstenberg, que volvió a los clásicos principios luteranos. Los teólogos de esta Escuela, creyendo en la inspiración plenaria de la Escritura, defendieron su absoluta infalibilidad en materia de doctrina. Se situaron firmemente en los principios confesionales de la Iglesia Luterana, aunque no fueron totalmente dogmáticos debido a cierta tendencia a alegorizar con mucha libertad. Su obra exegética es de profunda erudición histórica y filológica, pero con una visión creyente en la verdad revelada en la Biblia.

7. Intentos para superar el método histórico-gramatical:

El resultado final y más permanente de estas escuelas fue el definitivo establecimiento del método histórico-gramatical de interpretación. Sin embargo, persistieron tendencias a no quedarse satisfechos con las virtudes de este método, y muchos analistas insistieron en conservar el sentido moral y religioso como el más propio de la Biblia. Para estos críticos, el principio rector de la Escritura es el avance ético del hombre y cualquier cosa que no respondiera a este principio era rechazado. Otros críticos consideraron que para ir más allá de lo meramente formal del método histórico-crítico era necesario reconocer el carácter de revelación divina de la Escritura y que su principio rector es Cristo en su viviente unidad con Dios y con la humanidad, siendo este sentido el más profundo.

Por otra parte, otros críticos propusieron la llamada Interpretación Pan-armónica de la Biblia, la cual reclamaba la total armonía del significado descubierto en el texto, hasta donde deba ser considerada como revelación divina, en lo que se refiere a Cristo y en todo aquello que es verdadero y cierto. Aunque es un principio acertado, dejaba abierta una puerta a la subjetividad respecto a lo que debe ser considerado o no como revelación de Dios, y entre cosas verdaderas y las que no lo son.

Frente a esta interpretación pan-armónica, otros propusieron la Interpretación Pneumática o Espiritual, que proponía el espíritu de fe debía ser el intérprete; este espíritu daría la convicción de que las diversas partes de la Biblia formaban un todo armónico y que debían ser interpretadas según la analogía de la fe.

Desde entonces, el método histórico-crítico ha reinado en la hermenéutica protestante, pero siempre dando lugar a una búsqueda del sentido más allá de lo meramente formal y las diferentes posturas se evidencian entre aquellos que aceptan la Escritura como revelación de Dios y los que no la aceptan. Entre los cristianos evangélicos latinoamericanos se ha producido un intenso esfuerzo de reflexión sobre la hermenéutica, que ha dado sus frutos en las propuestas de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, que pueden ser resumidas en una búsqueda de una hermenéutica contextualizada.

II. MODELOS HERMENÉUTICOS

2.1. El modelo “intuitivo”: es uno de los acercamientos más comunes al texto bíblico; pone su énfasis en “la aplicación” personal inmediata al momento del lector. Es típica de la predicación popular y de la literatura devocional. El presupuesto básico de este acercamiento es que la situación del lector contemporáneo coincide en gran medida con la situación representada por el texto original. Esta lectura es a veces llamada, impropiamente, “fundamentalista”. El proceso interpretativo es directo, como muestra el siguiente esquema:

LECTURA DIRECTA

Este acercamiento da por sentado que la Biblia es un texto para gente común y no para los teólogos o intérpretes especializados exclusivamente. Seguramente, este fue el presupuesto que impulsó a los Reformadores a traducir la Biblia a las lenguas del pueblo. En segundo lugar, se da gran importancia al papel del Espíritu Santo y su labor iluminadora que hace posible que el creyente comprenda el significado del texto. En tercer lugar, destaca que el propósito de la lectura de la Biblia no es llevar al lector a una comprensión intelectual del mensaje bíblico sino conducirlo a una obediencia consciente de la Palabra de Dios que le habla a través de la Escritura.

Es importante señalar que este acercamiento es pertinente porque el pueblo común y corriente sólo recibe el mensaje de la Palabra de Dios cuando es intermediada por el sacerdocio erudito de los expertos críticos bíblicos. No obstante, se debe reconocer el peligro de caer en simples alegorizaciones y perder el sentido original del texto; pero cabe también mencionar que la alegoría es hija de la piedad, y que en este peligro cayeron intérpretes tan ilustres como Orígenes, San Agustín, Lutero, Calvino y otros.

2.2. El modelo “científico”: hace uso de las herramientas críticas-literarias, de los estudios históricos, antropológicos, la lingüística, etc. El método de los eruditos bíblicos; pone énfasis en la necesidad de entender el texto original, pero a veces puede ser insensible a los contextos sociales, económicos, culturales contemporáneos del lector y de los procesos que afectan la labor interpretativa. Cualquiera que aprecie el papel de la historia y de la lingüística en relación a la Biblia apreciará la importancia de su aplicación a la interpretación de la Escritura. Se admite que las formulaciones teológicas no son conceptos abstractos, eternos, que se pueden extraer de los textos bíblicos de una manera simple y directa, sino que la teología es un mensaje inserto en eventos históricos y en el trasfondo cultural y lingüístico de los autores bíblicos. La labor de la investigación científica es la de construir un puente entre los lectores u oyentes contemporáneos y los autores bíblicos por medio de un método que permita reconstruir la situación vital de los autores bíblicos, la exégesis gramático-histórica, para extraer las enseñanzas de valor universal contenida en dichos textos.

HISTÓRICO GRAMATICAL

Este acercamiento científico tiene el mérito de destacar la naturaleza histórica de la revelación bíblica; pero ensancha el abismo entre la Biblia y los lectores; reconoce que la Palabra de Dios hoy tiene que ver con la Palabra de Dios hablada y escrita en tiempos del pasado. El problema con este acercamiento es que da por sentado que la tarea del intérprete se limita a definir el mensaje original del texto y deja para otros la tarea de actualizar ese mensaje para el lector de hoy. Además, supone que los intérpretes pueden lograr una “objetividad” total que no es posible porque los intérpretes actúan marcados por su propio tiempo y entorno cultural e ideológico, por lo tanto se acercan al texto con presupuestos condicionados históricamente y que afectan su interpretación. Además, la lectura científica de la Biblia tampoco es deseable porque la comprensión de la Biblia se da en una relación de “compromiso” que es lo que permite que el texto escrito en el pasado tenga impacto en el momento de hoy.

2.3. Acercamiento Contextual: combina las ventajas de ambos métodos y reconoce tanto el papel que desempeña el mundo antiguo en relación al texto original como el papel del mundo actual en el condicionamiento del modo en que los lectores y oyentes contemporáneos deben leer y escuchar el texto bíblico. Parte del presupuesto de que la Palabra de Dios se origina en el contexto particular del mundo hebreo y helenístico-romano y de que sólo puede entenderse cuando se hace “carne” en una situación histórica específica con todas sus formas culturales. La labor de los intérpretes es transportar el mensaje desde su contexto histórico original al contexto de los lectores contemporáneos a fin de producir en estos el mismo impacto que produjo en los oyentes o lectores originales.

La pregunta fundamental en este caso es: ¿cómo podemos cruzar el abismo que nos separa del pasado? Este es el problema que se debate en la hermenéutica bíblica hoy. El acercamiento contextual concede la misma importancia tanto al contexto original como al contexto contemporáneo del lector u oyente. Este acercamiento ha sido desarrollado por la Fraternidad Teológica Latinoamericana, especialmente por René Padilla quien propuso lo que llamó el Círculo Hermenéutico (Resumimos aquí lo esencial de su ponencia publicada en Boletín Teológico: FTL, enero-marzo de 1981.)

CIRCULO HERMENÉUTICO

Este modelo destaca la importancia de la cultura tanto para el mensaje bíblico en el contexto original como para la interpretación en el contexto actual; es decir, no hay mensaje bíblico separado de un contexto particular. La diferencia fundamental con el modelo científico es que el proceso interpretativo no es en una sola dirección, pues los intérpretes se acercan al texto bíblico desde su propia perspectiva, dando lugar a un proceso dinámico que sigue una doble dirección, formando un “círculo hermenéutico”. Los intérpretes y los textos se condicionan mutuamente. Los cuatro elementos del círculo hermenéutico son: (1) La situación histórica del intérprete (2) la cosmovisión del intérprete (3) El texto bíblico y (4) La teología.

1. LA SITUACIÓN HISTÓRICA: los lectores u oyentes de la Biblia viven en situaciones históricas particulares, en culturas específicas y con lenguas específicas. Si la Palabra de Dios en la Biblia ha de llegarles, tiene que hacerlo en los mismos términos de estas situación histórico-cultural. Ninguna cultura en su totalidad refleja el propósito de Dios; en toda cultura hay elementos que conspiran contra la comprensión de la Palabra de Dios. Toda interpretación está, por lo tanto, sujeta a corrección y afinación, pero siempre cuidándose de todo sincretismo; es decir, de los elementos culturales que distraen el mensaje de la Palabra. Los sincretismos ocurren cuando hay una acomodación del Evangelio a los valores prevalecientes de una cultura y que son incongruentes con el mensaje bíblico. Sin embargo, toda cultura posee elementos positivos, favorables a la comprensión del Evangelio, lo cual posibilita el acercamiento a las Escrituras y es capaz de sacar a luz aspectos que pueden estar ocultos en otras culturas. Por lo tanto, la tarea hermenéutica requiere del auxilio de las ciencias sociales y antropológicas que faciliten la comprensión precisa del horizonte cultural, de la lingüística y de la literatura, y, en gran medida, de la historia para la comprensión del contexto original del texto sagrado.

2. LA COSMOVISIÓN DEL INTÉRPRETE: los intérpretes se acercan a la Biblia desde su propia manera de entender la realidad, es decir, de su propia visión del mundo. Estén o no conscientes de ello, esta cosmovisión está por detrás de todas sus actividades y colorea la visión de la realidad del intérprete. Es decir, cada interpretación bíblica supone una visión del mundo. Así, por ejemplo, toda la teología occidental ha estado afectada por la cosmovisión materialista y mecanicista propia de esta cultura. Quienes aceptan la visión “científica” del mundo propia de Occidente – donde todo puede explicarse sobre la base de causas naturales- tienen dificultades para aceptar la Biblia cuando ésta se refiere a realidades espirituales, a los milagros, etc. Por lo tanto, la cosmovisión bíblica tiene que imponer muchos correctivos a la cosmovisión occidental: el énfasis bíblico en un Dios personal que actúa con un propósito en la historia y a través de ella; su doctrina del hombre como un ser creado a imagen de Dios, pero afectado por la realidad del pecado y la obra de la Gracia en su redención, son los puntos claves de la cosmovisión bíblica que permite a los occidentales entrar en el extraño mundo de la Biblia, y muestran que las dificultades no están en la cosmovisión bíblica sino en las suposiciones occidentales en torno al poder de la razón.

3. LAS ESCRITURAS: interpretar la Biblia tiene que ver con el diálogo entre las Escrituras y el contexto histórico contemporáneo. El propósito de la hermenéutica es trasponer el mensaje bíblico desde su propio contexto a una situación histórica contemporánea al intérprete. Su presupuesto fundamental es que el Dios que habló en el pasado y cuya Palabra está registrada en la Biblia continúa hablándonos hoy en estas mismas Escrituras. Aunque para la lectura de la Biblia es indispensable la acción del Espíritu Santo, la Biblia debe leerse como cualquier otro libro; es decir, como un texto antiguo con su propio horizonte cultural. “Toda interpretación del texto debe ante todo oír al texto exactamente con el mismo matiz de significado que tuvo cuando se pronunció o se escribió originalmente. En primer lugar, se debe dar a las palabras el sentido distintivo que les dio el autor, leyéndolas en el contexto de otras palabras. Luego cada palabra debe ser estudiada en el contexto del tiempo a fin de determinar el significado que tuvo para quienes la escucharon inicialmente… El trasfondo religioso, cultural y social es de la mayor importancia para penetrar a la mente del autor por medio de las palabras…”

Este el fundamento del llamado método histórico-gramatical, el cual ha sido considerado como demasiado “occidental” y no aplicable a culturas no-occidentales. Sin embargo, la teología de Occidente no ha sido muy consecuente con este método, pues en vez de dejar que la Biblia sea la que hable, el acercamiento más común en la teología occidental ha sido el dogmático. Esto ha significado, en la práctica, que varios sistemas teológicos rivales y competitivos han logrado enmudecer a la Biblia. Así por ejemplo, los sistemas escolásticos lograron modelar la interpretación bíblica dentro de las conceptualizaciones de las filosofías griegas predominantes (platonismo o aristotelismo). Pero también hoy vemos como en amplios sectores del protestantismo evangélico, la interpretación de la Biblia está controlada por el sistema teológico dispensacionalista.

Por otro lado, hay quienes sostienen que el uso que el NT hace del AT legitima un acercamiento “intuitivo”, desvalorizando así la importancia del método histórico-gramatical. Alegan que la presencia de alegorizaciones en los textos apostólicos muestra el poco interés de parte de los escritores del NT por establecer el sentido natural del AT. Sin embargo, la idea de que la interpretación del AT sea muy imaginativa, similar a la exégesis rabínica, carece realmente de base. En el caso de Pablo, a pesar de su formación rabínica, la alegorización es casi insignificante y aun quitándola no modificaría en nada su teología.

El esfuerzo por dejar que las Escrituras hablen sin imponerles una interpretación elaborada de antemano es una tarea hermenéutica obligatoria para todo intérprete, sea cual sea su cultura. Si no se observa esta objetividad como un objetivo, toda la interpretación está condenada al fracaso.

4. LA TEOLOGÍA: la teología no puede reducirse a una repetición de formulaciones doctrinales traídas de otras latitudes. Debe reflejar la fusión de los horizontes de la situación histórica y los horizontes del texto. Esta teología será relevante en la medida en que logre expresarse en los símbolos y formas de pensamiento que forman parte de la cultura a la cual se dirige y responder a las preguntas y preocupaciones surgidas en este contexto cultural, y en la medida en que sea fiel a la Palabra de Dios y demuestre el poder del Espíritu Santo para cumplir el propósito para el cual fue dada la Escritura; el mismo Espíritu que inspiró en el pasado la Escritura debe estar activo hoy para hacer de la Palabra de Dios una Palabra personal en medio de una situación concreta.

Daniel von Allmen ha sugerido que el NT mismo da testimonio de este proceso. Los primeros cristianos, dispersos por la persecución, evangelizaron a los griegos en su propio territorio, comenzaron a adaptar el mensaje que dio origen a la tradición evangélica al griego sin proponerse hacer conscientemente “una teología”, sino que transcribieron con fidelidad el Evangelio a un contexto pagano. Los cristianos de habla griega expresaron el Evangelio no en una teología perfectamente pensada sistemáticamente sino en forma de poemas, cantando lo que Dios había hecho por ellos. El papel de los apóstoles fue el de asegurarse que tales expresiones correspondieran con fidelidad a la doctrina apostólica recibida de la enseñanza de Jesucristo, garantizando que en todas sus afirmaciones teológicas se colocara el Señorío universal de Jesucristo como el corazón de la fe apostólica y evangélica.

III. EL PRINCIPIO PROTESTANTE DE LA “SOLA SCRIPTURA”:

Resumen de la ponencia presentada a la consulta sobre la Sola Escritura, El Escorial, España.

Si la Biblia es la Palabra de Dios, el libro del Pueblo de Dios, es y tiene que ser el libro de la Iglesia. Sin la Biblia la Iglesia de Cristo no puede llevar a cabo su misión. Pero es necesario reconocer que a lo largo de la historia, la Iglesia en muchos momentos ha dejado de lado la centralidad de la Palabra y ha quebrantado el principio de su soberana autoridad. Este ha sido un hecho recurrente en la historia de la Iglesia.

La Reforma protestante del siglo XVI, en su momento, enfrentó esta realidad afirmando en forma rotunda y contundente el principio de la “SOLA SCRIPTURA”. Hoy, también es necesario que las Iglesias nacidas de esa preciosa herencia se mantengan alerta porque estamos frente a diversas desviaciones que dejan de lado la suprema autoridad de la Palabra.

Podemos identificar, por lo menos, los siguientes peligros que están presentes en el mundo de las Iglesias Evangélicas de hoy y que cuestionan el principio de la Sola Escritura, y que requieren ser confrontadas a la luz de nuestra herencia de la Reforma, porque, como bien lo expresó Calvino, “Iglesia Reformada, siempre reformándose”.

(1). La preeminencia de la experiencia individual: Aunque este problema ya estaba presente en las iglesias del NT, caso de Corinto, hoy ha cobrado renovados impulsos con el surgimiento de líderes carismáticos que anteponen sus experiencias personales particulares a cualquier otro criterio de interpretación bíblica. Las experiencias carismáticas han sido convertidas en claves hermenéuticas para la lectura de la Biblia, promoviendo toda una fenomenología religiosa justificada no por la Palabra de Dios sino por las experiencias individuales. De ese modo han surgido nuevas formas sacramentales de ministrar la infusión del Espíritu Santo y formas nuevas de señales para determinar su presencia.

(2). El énfasis en el éxito del crecimiento numérico: el concepto de lo que es bueno o malo está siendo subordinado al éxito o no que se tenga en el crecimiento numérico o en la prosperidad material. Así, si una Iglesia crece, tiene éxito y prosperidad material es señal de que Dios está con ella, de que está siendo “bendecida”. Desde esta realidad sociológica se lee la Biblia. Ya no es la Biblia la que determina si las actitudes de la Iglesia son buenas o malas, sino el éxito numérico o material. De este modo, una iglesia puede tolerar el racismo o actitudes clasistas si esto garantiza el crecimiento numérico; o puede ser indiferente ante la injusticia social y a las necesidades de sus miembros si con esto garantiza su éxito económico; de nada importa que la Palabra de Dios enseñe lo contrario.

(3). La defensa de “La Sana Doctrina”: cada vez más, más cristianos evangélicos hacen alusión a “la Sana Doctrina” como una especie de “Magisterio” especial de la Denominación particular a la que se pertenezca. La “Sana Doctrina” viene a ser “la verdad” de la Denominación, entendida como la única posible y como señal de “la verdadera” Iglesia. Una cierta obsesión por “la pureza de la doctrina” ha llevado a muchas iglesias evangélicas a actitudes separatistas, farisaicas, sectarias, de falta de amor y respeto por otros cristianos. El peligro real es el “gueto doctrinal”. Muchos cristianos evangélicos están siendo encerrados en los límites de sus propias denominaciones, negándoseles el derecho al diálogo con otros cristianos, y a la posibilidad de que pudiera haber interpretaciones distintas a las de su denominación particular. El impacto negativo de esta supuesta “defensa de la fe” sobre la Unidad del Pueblo de Dios ha sido escandaloso. Esta negativa al diálogo esconde un verdadero desconocimiento de la Palabra de Dios.

(4). El peligro del asistencialismo de las “buenas obras”: hoy en día carece de veracidad la antigua acusación de que las iglesias evangélicas no se ocupaban de las obras sociales. De una situación de completa carencia en el pasado, hoy se ha llegado a un punto en que todas las denominaciones evangélicas se han empeñado en el trabajo social en casi todos los campos. Pero han surgido ciertos peligros. Uno de ellos es que se pretenda hacer obra social como pretexto para el proselitismo religioso. Otro es que se descuide el tratamiento integral de la persona humana y todo se quede en programas meramente asistencialistas, sin buscar la plena transformación de la persona humana y de su entorno.

(5). La consolidación de una “Tradición Evangélica”: la postura de la Reforma en contra de la Tradición eclesiástica ha sido una de las banderas preferida del testimonio evangélico. Pero, hoy estamos viendo cómo en muchas denominaciones se han impuesto enseñanzas simplemente aferradas a las tradiciones originales de las denominaciones. “Tal cosa es así porque así nos las enseñaron los fundadores de nuestra denominación”. Con este argumento, se han establecido prácticas distintivas denominaciónales inamovibles e incuestionables. De esta forma, muchas iglesias están incapacitadas para responder a problemas actuales, urgentes y reales como el divorcio, el aborto, las injusticias sociales o la violencia, etc., por temor a los cambios de sus propias tradiciones.

(6). El problema del analfabetismo bíblico: este punto es la base de todos los anteriores. Las Iglesias evangélicas eran consideradas las Iglesias del Libro. Decir “evangélico” era sinónimo de conocimiento de la Biblia. La realidad hoy es que muchos evangélicos que asisten regularmente a las actividades litúrgicas de las iglesias manifiestan un profundo analfabetismo bíblico. Cada vez más aumenta el número personas que no llevan sus Biblias al culto, lo que era una de las señas de identidad. Si la Biblia se desconoce no se puede vivir, si no se vive no se experimenta su poder y beneficios, tampoco se comparte con otras personas.

(7). Pero a la par de este analfabetismo bíblico se ha producido un reduccionismo de la interpretación de la Biblia. La labor hermenéutica, exegética, interpretativa de la Biblia se está reduciendo a una colección de citas para responder a preguntas como estas: “¿qué dice La Biblia”?, “cítame un versículo en donde se diga tal cosa”, “La Biblia dice tal o cual cosa…” , “¿dónde dice la Biblia …”, en las cuales la palabra “dice” no está referida a la enseñanza consistente y orgánica de la Biblia sino a la cadena de palabras que constituyen a un versículo determinado.

En consecuencia, lo que comúnmente se tiene por conocimiento de la Biblia se reduce al mero “literalismo” de las citas o textos de prueba, muchas veces citados sin consideraciones del contexto histórico o doctrinal. Así se considera que “conocer la Biblia” es idéntico a la capacidad de citar de memoria la mayor cantidad posible de versículos, sin importar si se comprende o no el sentido, lo que importa es la “letra” de los versículos. Esta lectura “literalista” no debe confundirse con la norma hermenéutica del respeto por el sentido literal del texto bíblico, en oposición al sentido alegórico o figurado. Este “literalismo bíblico” alimenta las actitudes sectarias de las denominaciones más conservadoras y cerradas a todo diálogo con otros cristianos. Frente a estos peligros, que ya no son sólo amenazas sino realidades internas en el mundo evangélico, ¿cómo podemos ser fieles hoy a nuestra preciosa herencia reformada: SOLO CRISTO, SOLO GRACIA, SOLA FE, SOLA ESCRITURA? En lo que concierne a este trabajo, ¿cómo podemos entender hoy la SOLA ESCRITURA?

En la perspectiva reformada, la SOLA ESCRITURA se entiende como la supremacía de la Biblia como nuestra única norma de fe y práctica. Tal declaración constituye preámbulo indispensable en toda declaración de fe de cualquier iglesia evangélica, independientemente de la denominación a la que pertenezca. Pero los peligros, amenazas y realidades a los que hemos aludido brevemente nos están señalando que no es suficiente, que no basta con asentar tal declaración de principios en nuestras actas constitutivas. El actual panorama del complejo y confuso mundo del protestantismo evangélico, especialmente en nuestro continente americano, dramatiza la urgencia que tenemos de establecer los métodos para el estudio y la interpretación de la Biblia que realmente honren el postulado reformado de la SOLA ESCRITURA. Sobre todo porque, en la actualidad, existe una lamentable confusión entre el derecho que todos tenemos, como miembros del Cuerpo de Cristo, al libre acceso y examen de la Biblia, sin la intermediación de ninguna instancia superior de autoridad religiosa o de erudición, con lo que ahora se está entendiendo como la interpretación libre de la Biblia. En este contexto, libre significa sin normas hermenéuticas, sin respeto por la investigación seria, dejada al sentir caprichoso del lector o del intérprete. La Biblia tiene que ser examinada por todos, no es patrimonio exclusivo de una casta sacerdotal de eruditos y científicos, pero la Biblia exige respeto y normas que garanticen que se le haga justicia a su enseñanza consistente. Es una lamentable realidad entre muchas denominaciones evangélicas el hacer de la ignorancia una virtud, de la piedad una excusa para no estudiar la Escritura, de la temeridad una norma para establecer “nuevas doctrinas”. Se invoca la SOLA ESCRITURA como una excusa para rechazar el estudio de otros libros que no sea la Biblia misma. Es cada vez más común escuchar, incluso entre pastores y líderes, expresiones como estas: “No me importa lo que digan los teólogos, lo que me importa es lo que dice la Biblia”, lo que en la práctica verdadera se convierte en: “lo que me importa es lo que YO interpreto”. La SOLA ESCRITURA se ha convertido en LA MIA INTERPRETACIÓN. Se pretende borrar de un solo golpe de inspiración “pneumática” todos los cimientos de la reflexión que por siglos los cristianos han realizado sobre la Palabra de Dios, para establecer, como pequeños “dioses”, creando de la nada, credos, doctrinas, prácticas, como si la historia de la salvación empezara con la historia de sus denominaciones o de sus propias experiencias personales. “Tabla rasa” con el pasado, parece ser la consigna que se esgrime para justificar el nacimiento desordenado de nuevos grupos, denominaciones e iglesias.

El principio de la SOLA ESCRITURA no puede ser tomado como pretexto para negar el ejercicio hermenéutico serio y para leer la Biblia como un recetario de versículos para justificar cualquier disparate doctrinal o práctica denominacional. El derecho al libre examen de la Biblia exige la obligación al estudio serio y riguroso. La Biblia no puede descansar en la ignorancia sino en el estudio, en el saber. No debemos limitarnos a llevar la Biblia a todas las personas, sean o no educadas, sino también debemos adiestrarlas para la lectura inteligente de la Palabra de Dios, en el uso correcto de los instrumentos de Análisis.

Frente a la tendencia de algunas confesiones cristianas de limitar el acceso del pueblo al libro del Pueblo de Dios, nosotros no podemos conformarnos con entregarle a ese mismo pueblo el Texto Sagrado sin proporcionarles las herramientas indispensables para el estudio respetuoso y serio, y fiel a sus propias exigencias de rigurosidad. Jamás el libre examen puede ser tomado como excusa para ocultar la necesidad de una hermenéutica que haga honor a la seriedad del texto bíblico.

Por fortuna, es cada vez más notable esta toma de conciencia entre los cristianos evangélicos más educados bíblica y teológicamente. Los aportes hermenéuticos de hombres de altos niveles de erudición, que no sólo se han destacado en el campo de la hermenéutica bíblica sino en todas las ciencias de la lingüística moderna, como el filósofo y hermeneuta protestante Paul Ricouer, y los aportes de los teólogos evangélicos agrupados en la Fraternidad Teológica Latinoamericana, como Samuel Escobar, René C. Padilla y muchos otros, creadores del método conocido como el Círculo Hermenéutico, expuesto brevemente en estas páginas, nos llenan de optimista esperanza. Porque en la medida en que nuestro esfuerzo intelectual y espiritual sea cada vez más fiel a la preciosa herencia recibida de los reformadores del siglo XVI, irán quedando aislados aquellos movimientos deformadores y desviados del principio de la SOLA ESCRITURA.

Estos esfuerzos se orientan a la divulgación de modelos hermenéuticos comprometidos con la realidad, con la búsqueda de la verdad, absoluta e inquebrantablemente cristo céntricos, exigentes en la aplicación rigurosa de los procedimientos científicos, filológicos e históricos; atentos a los peligros de las presiones externas y de los sistemas doctrinales dogmáticos, contextualizados y, algo muy importante, orientados hacia una hermenéutica COMUNITARIA.

Sobre todo, para ser realmente fieles a la SOLA ESCRITURA, es indispensable una hermenéutica cristo céntrica, que es la perspectiva correcta y perfecta de toda la Escritura, porque ellas son las que dan testimonio de la Palabra de Dios hecha Carne, porque fe cristiana es fe en Jesucristo, que nos sale al encuentro y nos habla en la Escritura. Fe cristiana auténtica tiene que ser fe bíblica, como dijo Lutero: “Toda Escritura trata sólo de Cristo”.

De particular importancia es la práctica de una hermenéutica precavida a las presiones, internas o externas, de los sistemas doctrinales dogmáticos. Es verdad que es prácticamente imposible estar libres de presiones, pero debemos ser autocríticos, no como San Juan de la Cruz cuando escribió, en su prólogo a Noche Oscura: ” … para decir algo de esta Noche oscura, no fiaré ni de experiencia ni de ciencia, porque lo uno y lo otro puede faltar y engañar… aprovecharme he para todo lo que con el favor divino hubiese de decir… de la divina Escritura, por la cual guiándonos no podremos errar, pues el que en ella habla es el Espíritu Santo”. Tremenda declaración del santo poeta, pero que lamentablemente, temeroso tal vez de su propia audacia, se ve obligado a claudicar: “… no es mi intención apartarme del santo sentido y doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica, porque, en tal caso, totalmente me sujeto y resigno no sólo a su mandato, sino a cualquiera que en mejor razón de ella juzgare”. No es difícil entender al santo, porque el frío soplo de la inquisición acariciaba su fuerte y santo cuello. Pero, como evangélicos latinoamericanos, también estamos obligados a identificar los “soplos” que nos envisten con excesiva frecuencia, porque no siempre proceden del Espíritu Santo. Como una señal de verdadera identidad evangélica, fiel al fundamento apostólico, las iglesias evangélicas deben velar celosamente para que la predicación de la Palabra, central en toda verdadera tradición reformada, sea precedida por una rigurosa labor hermenéutica que se haga eco de las realidades cambiantes de nuestra América Latina, que seamos interpelados por esta realidad pero que también la examinemos críticamente a la luz de la Palabra, reconociendo que Dios es un Dios vivo que actúa en y confronta la historia.

Por esta razón, la hermenéutica tiene que ser comunitaria. Reconocemos que todo miembro del Cuerpo de Cristo tiene el derecho y la libertad de acceder personalmente a la Palabra de Dios, porque ella es “El Libro del Pueblo”, y no solamente de los eruditos, de los sacerdotes o de los pastores. Cada persona tiene que ser “personalmente”, valga la redundancia, interpelada por ella, y personalmente tiene que dar respuesta a esta interpelación. Pero la experiencia personal es una cosa, y el individualismo es otra cosa. La tradición reformada exige la experiencia personal con Dios, no podemos refugiarnos en la herencia cultural o familiar, no podemos decir: “Soy cristiano porque nací en un hogar, o un sociedad cristiana” (no musulmana, budista, etc). No, tampoco podemos sostenernos en la fe del carbonero, creyendo lo que creo porque lo enseña la Iglesia; no, es necesaria la experiencia personal de relación con Dios, es el mandato dado a la Iglesia para predicar el Evangelio para que cada persona sea confrontada y tome una decisión de ser o no discípulo de Jesucristo. Pero experiencia personal no es sinónimo de individualismo, porque el verdadero discipulado nunca se da fuera de la comunidad de los discípulos, es decir, la Iglesia, el Pueblo de Dios, en el cual se manifiestan las señales presentes del Reino por venir.

El mensaje bíblico es para la comunidad cristiana, para la Iglesia y solo en ella adquiere su verdadero sentido, pero este sentido se logra en el diálogo entre el Espíritu Santo y la comunidad de fe, en el culto, en la alabanza y en la adoración. Es la Palabra la que determina la agenda de la Iglesia, y no la Iglesia la que determina lo que debe o no creer o enseñar. Favorecemos el diálogo con otras confesiones cristianas, especialmente con la iglesia católica, pero este diálogo debe ser sobre la base de un reconocimiento común del pleno Señorío de Jesucristo. Jesucristo, y nadie más, sigue siendo el Señor por encima de toda autoridad eclesiástica y sobre toda Tradición o Magisterio. Sólo así la reflexión teológica y la labor hermenéutica cobran todo su sentido.

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